Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Magurno, humano

En una época en que los velatorios se sujetan a horarios que parecen de oficina, el de Óscar Magurno Souto fue continuo: todos nos citamos con todos, desde que se supo su muerte hasta que partió el cortejo.

En una época en que los velatorios se sujetan a horarios que parecen de oficina, el de Óscar Magurno Souto fue continuo: todos nos citamos con todos, desde que se supo su muerte hasta que partió el cortejo.

Lo despidieron toda suerte de ciudadanos y grupos contrapuestos, que, al testimoniar su afecto por el alma mater de medio siglo de La Española, ratificaron que en el Uruguay siguen palpitando los buenos sentimientos, la convivencia fraterna, la coincidencia en lo humano por encima de lo sectorial.

Magurno se marchó como vivió en sus sesenta años largos de trabajo: sin horas límites. A las seis y media llegaba al despacho o recorría el sanatorio por sorpresa, las puertas abiertas para los desconocidos que, al alba, clamaban auxilio para discutir con el dolor o defender la vida de un ser querido. Laboraba todo el día. Sobre la medianoche peleaba en Nacional, Welcome o la Cámara, siempre con pasiones acendradas, pero sin ideologías que le pusieran fronteras a sus sentimientos.

De lejos se le reprochaba acumular poderes. De cerca se le admiraba asumir deberes. Sin segmentación ni especialidad, supo pensar por sí mismo. Con una conciencia institucional casi instintiva, diagnosticaba lo esencial y escuchaba razones con la apertura de espíritu que en él había sembrado tan sólo la Escuela Pública que —pizarrón, tiza e inspiración de Varela, Vaz Ferreira y Figueira— nunca perderá su capacidad de enseñar evidencias y sembrar valores.

Si sentimos que dejó semillas y esporas que merecen vivir, es porque Magurno siempre fue sensible al desvalido, sin abrigar resentimientos ni atizar guerras de clases sino cultivando lo básico y permanente; porque, con la agilidad de un universitario no atado a los paradigmas aprendidos, pensaba sin sistema rígido, por ideas a tener en cuenta; y porque, con una voluntad de hierro, sobrepujó dolores y enfermedades, volcando sin resuello toda su energía al servicio de las grandes metas que abrazó a la vista y en público.

En todo eso merece constituirse en modelo. Y si a ello se opone el reparo de haber incurrido algunas veces en amiguismo, rescatamos las muchas veces que lo vimos inspirar respuestas nobles y eficaces a planteos desesperados, sin mirar a qué círculo pertenecía el beneficiario. Y lo vimos confirmar que en este país, donde somos pocos y nos conocemos, hay una institución inderogable, con nombre intraducible a otras lenguas: la gauchada.

Si purificamos el sentimiento de gauchada hasta vivirlo como “yo soy tú” —amor al prójimo, sin el cual no hay legalidad que funcione—, nos reencontraremos con virtudes cuya ausencia obstaculiza a la vez al capitalismo y al socialismo. A la vista está el daño que provoca sustituir la pasión sustancial por el Derecho, por un culto fascitizante del choque sindical o por una supuesta impersonalidad de ventanillas —“no se atiende público”— que desembocan en supina indiferencia ante el prójimo y generan trenzas como la de ASSE.

Las virtudes públicas que necesitamos a gritos no dependen de quién gobierne sino de lo que resolvamos ser.

Para recuperarlas, deberemos renovar la meditación sobre la persona, identificándola no por las circunstancias de origen sino por su propia respuesta, su heroísmo ante la fatalidad.

Sólo así elevaremos a los pobres y a los postergados, enderezándolos a alcanzar la dimensión sobrehumana que palpita en las hebras interiores de todo hombre común que arma un destino no común.

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