Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

“Un maestro de Escuela”

La ministra de Educación y Cultura proclamó insuficiente el mérito de Juan Pedro Mir para desempeñar la Dirección de Educación, por ser nada más que “un maestro de escuela”. Tesis insostenible por quien lo eligió, tan luego en un gobierno que encaramó en la Vicepresidencia a un licenciado cuyo título no existe y cuyo mérito es haber dejado inmerso a Ancap en el mayor déficit de su historia.

La ministra de Educación y Cultura proclamó insuficiente el mérito de Juan Pedro Mir para desempeñar la Dirección de Educación, por ser nada más que “un maestro de escuela”. Tesis insostenible por quien lo eligió, tan luego en un gobierno que encaramó en la Vicepresidencia a un licenciado cuyo título no existe y cuyo mérito es haber dejado inmerso a Ancap en el mayor déficit de su historia.

Es grave que una incidencia de esta laya ocupe espacio público. Es grave que meses después de ido el jerarca nos enteremos que la ministra lo designó por recomendación de entrecasa. Es grave que, pedida por el gremio magisterial la renuncia de Muñoz, todo se difumine en unas excusas desvaídas que se pierden entre las brumas grises de este invierno.

Pero aún más graves son las actitudes de base que patentizó el episodio. ¿Quién no recuerda emocionado a los maestros que le abrieron la mente en el tránsito de la infancia a la puericia? ¿Quién ignora que el maestro es cimiento de nuestra personalidad? Pues bien. A contramano de ese sentimiento nacional, reaparecieron en las declaraciones ministeriales los prejuicios peyorativos que, allá por los 60, desviaron a nuestro socialismo humanista -el de Frugoni- hacia un separatismo intelectualoide, clasista y combativo, acaso apto para formar grupejos de poder pero totalmente inepto para valorar a las personas, sopesando liberalmente razones y conductas por encima de grados, posgrados y currículos.

Nuestros enseñantes de Primaria siempre vivieron en la diversidad: unos eran católicos, otros vibraban con Varela, y Filgueira y otros se internaban en Jesualdo y Reina Reyes. Pero por encima de esas avenidas de conciencia, los principios de amor al prójimo y de libertad creadora que el magisterio nos enseñó, valen, convocan y nos hacen sangrar el alma día a día ante los desgarrones nacionales y mundiales que nos toca vivir.

Esa misión del maestro gestó nuestra sensibilidad; y esa sensibilidad no puede abolirla ni los conflictos endémicos, ni las estadísticas, ni los informes de turistócratas que miden y comparan de afuera pero no inspiran de adentro.

Tras haber ensayado y retrocedido con la esencialidad, y haber hecho irse al maestro Mir por tener la honestidad de reconocer que la educación no estaba marchando hacia la reforma prometida de su ADN, es un error suplementario agregarle ahora el impúdico desnudo de un “uso y tiro”, funcionalista y liviano, sin miramientos hacia la persona.

Es tiempo de no seguir cavando el pozo sin fondo de las exageraciones y dejar de pulverizar los vínculos persona a persona.

En un mundo donde el fanatismo religioso se enmarida con la tecnología y asesina a mansalva en Turquía hoy como ayer en Francia, España, Estados Unidos y donde fuere, con una economía que cruje, en medio de amenazas para la condición humana, nadie -ni gobernante ni gobernado- tiene derecho acá a acumular puntos en el barranca abajo, mientras se atropellan los principios y se vulneran los ideales que nos dieron identidad como personas, como ciudadanos y como nación.

Los temas nacionales nos interrogan hoy sobre la clase de hombre que queremos ser. Para ello, hay que dejar de chapalear barro y ascender, sin prejuicios, al mundo de los conceptos y las metas abrazadas. Antes que sea todavía más tarde.

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