Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Logrando malas notas

En la declaración que el domingo publicó El País, el señor Juan Salgado, hablando como presidente de Cutcsa, dijo que el intendente de Montevideo, Ing. Daniel Martínez, desoyó sus iniciativas para salvar a Raincoop, y que si al final lo llamó fue “porque no tuvo más remedio”, después que “durante 9 meses me p…ó y me pegó cada vez que tuvo ganas”.

En la declaración que el domingo publicó El País, el señor Juan Salgado, hablando como presidente de Cutcsa, dijo que el intendente de Montevideo, Ing. Daniel Martínez, desoyó sus iniciativas para salvar a Raincoop, y que si al final lo llamó fue “porque no tuvo más remedio”, después que “durante 9 meses me p…ó y me pegó cada vez que tuvo ganas”.

La suya no fue la grosería por línea materna, esa que brota abrupta en el estadio-insultadero. Tampoco fue el desborde verbal de los de abajo, arma innoble pero comprensible en quienes sueñan romper todo. Fue el abrazo a la ordinariez sin freno, tan luego a cargo de la cara visible de un servicio público que exige educación, personificada en un avezado director de sociedades exitosas entre los almíbares y zumbidos del panal gubernativo de turno.

Traduzcamos el exabrupto a lenguaje institucional. Que el personero de la más grande compañía de transporte -70% del boletaje capitalino y 70% del subsidio anual de 24 millones de dólares- diga que se ha sentido golpeado y agraviado soezmente por el intendente, constituye una acusación con toda la barba. Atribuirle a un jerarca haber destratado e insultado continuamente al principal de un servicio público equivale a describir una conducta que cabalga entre el delito de Abuso de funciones y la nulidad por desviación de poder.

Pues bien. El empresario o simple mortal a quien un funcionario maltrata y le saca a relucir la madre, tiene a la Justicia para indagar las inconductas concretas de las que se siente víctima. Si en vez de eso se contenta con fanfarronerías de lenguaje calidad Mujica, baja de plano y saca mala nota.

A su turno, entrevistado sobre el tema por Daniel Castro, el intendente precisó que lo que rechazó fue “dejar 580 trabajadores en la calle, que era lo que planteaba Cutcsa”. Su argumento se compartirá o no, pero al aducirlo el Ing. Martínez hizo lo debido: exponer razones, única vía para justificarse en una república de seres libres.

Pero al mismo tiempo omitió salir al cruce del lenguaje soez que le aplicó su correligionario convertido en contrincante. No se dio por enterado de la acusación ni del destemple. Ante el desborde de un representante de intereses, no defendió la dignidad de su cargo ni la cultura popular. Puso énfasis amenazante en que, por el origen electivo de sus poderes, él es quien da y quita las licencias, pero enseguida deslizó que “si te digo las cosas que se han dicho… lo de Salgado es un poroto, muchacho”. Con lo cual quedó integrado a una tendencia que ya es una desgracia nacional: soportar cualquier cosa, acostumbrarse a lo que sea, no poner límites y dejar que la malevolencia del estilo ocupe el lugar de las razones.

Crear escenas blanduzcas y resbaladizas donde todo cuela y todo se acepta sin exigirse cuentas, seguir en un pedaleo funcional y mostrarle a la ciudadanía que ser insultado no importa porque hay que “poner el interés colectivo por encima de la persona”, es sentar un pésimo ejemplo, que también saca mala nota.

La consciencia institucional se basa en el respeto. Olvidarlo es otra forma de hacerle el caldo gordo al relativismo de “como te digo una cosa te digo la otra” y de atentar contra la tradicional reciedumbre individual desde la cual los montevideanos, desde 1808, nos alzamos a la libertad.

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