Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Del liceo a la OEA

No debe callarse más la desolación de los padres cuyos hijos, por los paros docentes, pierden el tren del estudio: se desinteresan por saber, se habitúan a la holganza. Sin profesor-modelo, no sueñan edificarse sobre el conocimiento. Ignorar no les avergüenza.En las estadísticas se sumarán a los “ni-ni”. Pero lo vital no es un número: ningún millar dará cuenta suficiente de la realidad íntima y familiar de cada extraviado en la niebla de la abulia. Su mundo concreto cruza angustia con vacío y ahí no hay riesgo que no aceche. Por eso, la medida de los conflictos en la enseñanza no la dan sólo los paros en cascada. Se marca indeleble en las frustraciones, donde el servicio secular de criar almas se empantana junto con la aventura irremplazable de aprender. Estrictamente humano, ese resultado nos duele mucho más que las pruebas PISA.

No debe callarse más la desolación de los padres cuyos hijos, por los paros docentes, pierden el tren del estudio: se desinteresan por saber, se habitúan a la holganza. Sin profesor-modelo, no sueñan edificarse sobre el conocimiento. Ignorar no les avergüenza.En las estadísticas se sumarán a los “ni-ni”. Pero lo vital no es un número: ningún millar dará cuenta suficiente de la realidad íntima y familiar de cada extraviado en la niebla de la abulia. Su mundo concreto cruza angustia con vacío y ahí no hay riesgo que no aceche. Por eso, la medida de los conflictos en la enseñanza no la dan sólo los paros en cascada. Se marca indeleble en las frustraciones, donde el servicio secular de criar almas se empantana junto con la aventura irremplazable de aprender. Estrictamente humano, ese resultado nos duele mucho más que las pruebas PISA.

Es que las amargas experiencias que hemos hecho con la impersonalidad y el totalitarismo nos exigen apasionarnos por lo concreto y personal. Para no aceptar que nos atropellen doctrinas abstractas, manuales rígidos o computadoras inescrutables, es cada vez mayor la necesidad de encarnar principios en la inmediatez de la jornada. Ante cada infamia revelada, el Derecho nos rebrota como latido, rebeldía y reclamo de respuesta positiva. Lo sentimos ante el crimen del barrio y ante los ahogados de Lampedusa o las víctimas de la guerra en Siria. También ante los crecientes atropellos que, desde hace años, perpetra Maduro en Venezuela. Por estas razones de fondo nos regocijó que, enfrentado a la oscurantista denegación bolivariana de aceptar veedores en las elecciones del 6 de diciembre, el ex Canciller Almagro haya emitido desde la Secretaría de la OEA una respuesta comprometida en primera persona del singular. No faltan quienes ya salieron a quejarse porque “le da la razón a la derecha”. Pasan olímpicos ante el carcelazo infligido a los opositores, cuyos indelebles nombres cita el histórico alegato. Ignoran que los tercos hechos son ajenos a las clasificaciones clasistas e ideológicas. Prefieren pegotearse en el engrudo de la militancia en vez de reconocer que un gobierno que persigue, silencia, aprisiona y rechaza que le inspeccionen sus comicios… queda fuera de la sociedad civilizada de la democracia. La carta de Almagro constituye una robusta recuperación republicana, que nos toca en lo más profundo por el rigor con que trae a colación a nuestros José Batlle y Ordóñez y Wilson Ferreira Aldunate. De este último, el texto recuerda que estaba preso en las elecciones de 1984. ¡Siempre evocaremos la grandeza de aquel eminente ciudadano que, tras el destierro y la cárcel, supo ofrecer conciliación y gobernabilidad a la ciclópea reconstrucción de la libertad que encabezó el Presidente Sanguinetti! De José Batlle y Ordóñez cita “No es que el pueblo nunca se equivoque, sino que es el único que tiene el derecho a equivocarse”: concepto que fue preclaro hace un siglo y ahora palpita en el constitucionalismo universal. Eso sí: visto lo caro que en casa pagamos los yerros del soberano, sentimos que en el Uruguay de hoy la frase nos manda a combatir contra el voto arriado y a sacudirnos toda resignación.

Nos llama a elevar el clima ciudadano con luchas de ideas que impidan todo acostumbramiento a la decadencia y revivan nuestro orgullo principista, no sólo en una carta desde la OEA sino en el aula y el gobierno nuestro de cada día.

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