Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¿Por qué no lo leí antes?

En 1950, cuando Alcides Edgardo Ghiggia se consagró campeón del mundo, el Presidente de la AUF era César Batlle Pacheco. Ni a él ni a su lista 14, ni a la 15 del Presidente Luis Batlle Berres ni a nadie se le ocurrió entreverar semejante hazaña con apetitos partidarios: esa laya de ordeñes políticos no era para nosotros. Intentarlos no es progresista sino reaccionario, pues usa imagen para aturdir donde lo que hace falta -a gritos- es educar para liberar.

En 1950, cuando Alcides Edgardo Ghiggia se consagró campeón del mundo, el Presidente de la AUF era César Batlle Pacheco. Ni a él ni a su lista 14, ni a la 15 del Presidente Luis Batlle Berres ni a nadie se le ocurrió entreverar semejante hazaña con apetitos partidarios: esa laya de ordeñes políticos no era para nosotros. Intentarlos no es progresista sino reaccionario, pues usa imagen para aturdir donde lo que hace falta -a gritos- es educar para liberar.

Pues bien. En las mismas horas en que el propio Ghiggia desfacía el entuerto -valga el giro de don Quijote-, sin estadio que aplaudiera y sin multitudes que se agolpasen, en la Facultad de Derecho de la Universidad de la República, antenoche fue consagrado Doctor honoris causa el profesor Manuel Atienza, por su autoridad internacional y su influencia en la vida de nuestro Derecho.

El Dr. Atienza goza de la más alta reputación como catedrático español de Filosofía y Teoría General del Derecho. Es particularmente apreciado como autor de obras fundamentales sobre la argumentación; pero felizmente su trabajo no consiste en formar habilidosos para discutir sino en afinar progresivamente el pensamiento para luchar por el Derecho desde valores éticos que -lo dejó muy claro- en su concepto no deben aislarse ni recortarse del quehacer interpretativo. Atienza se ubica en la línea de lucha por el Derecho que hace un siglo y medio proclamó el insigne Rudolf von Ihering.

El acto habría podido agotarse en formalidad académica sin ninguna repercusión pública si no hubiera ocurrido algo singularísimo. Terminada la laudatio que pronunció el catedrático Óscar Sarlo, el profesor Atienza pronunció una inesperada clase magistral sobre nuestro Carlos Vaz Ferreira.

Atienza no vino a pronunciar palabras de circunstancias para acariciarnos la vanidad patriótica y quedar bien con el Uruguay. Todo lo contrario. Respaldado por los libros donde trató el tema, demostró, con conceptos rigurosos, que ya desde su Lógica Viva de 1910 Vaz Ferreira anticipó enfoques que hoy -siglo XXI- vibran en el pensamiento y la cultura de los países más avanzados de la Tierra.

Nos hizo recordar que mucho antes de ser Campeones mundiales en fútbol, supimos serlo en la responsabilidad de ascendernos a pensar por cuenta propia. Nos hizo recuperar la conciencia de que la formación educativa jamás debió abandonar el pensamiento filosófico, so pena de estrago.

Vaz Ferreira enseñó a desbrozar y limpiar el proceso psicológico de errores y falacias en todos los órdenes de la vida. Educador nato, abrazó el ideal de levantar las almas desde las aulas.

Por eso, la fecundidad de sus obras hizo que el ilustre orador de anteayer se preguntase: "¿Por qué no lo conocí y leí antes?" Planteada en público por un Atienza, sentimos honrosa la pregunta.

Pero enseguida nos ronda otra: ¿por qué seguimos dejando hoy que se olvide a Vaz Ferreira y junto con él a José Enrique Rodó, a Emilio Oribe y a tantos pensadores que edificaron la visión nacional del hombre y la libertad? ¿A dónde vamos a parar si lo que perdemos no es ya a un autor egregio sino todo un estilo de pensamiento y un plano superior de meditación jurídica, filosófica, política y artística?

Si la primera pregunta, al trasluz de la dimensión mundial del honoris causa nos enorgullece, la segunda, con su variante enmarcada por la actual decadencia cultural, o nos avergüenza o nos empuja.

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