Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¿Se justifican?

Se ha leído en estos días que el desbarranque de Pluna llevaría a adelantar la campaña electoral; y se ha visto criticar la citación de múltiples Ministros a la Comisión Permanente, atribuyéndola despectivamente a politización de los temas en juego.

Se ha leído en estos días que el desbarranque de Pluna llevaría a adelantar la campaña electoral; y se ha visto criticar la citación de múltiples Ministros a la Comisión Permanente, atribuyéndola despectivamente a politización de los temas en juego.

En una época dominada por choluleces y en semanas de fiesta y distracción, tales quejas se abonan con la dulce pereza estival y reviven el sueño de que el silencio de las batallas políticas traiga paz perpetua, progreso continuo y solución a nuestras angustias por consensos obtenidos sin clarificaciones, luchas ni debates. ¿A qué preguntar sobre inseguridad, en horas en que piratas del asfalto asesinaron a mansalva en rutas de Tacuarembó? ¿A qué averiguar sobre la permanencia de un Presidente del BROU avalista por abuso de funciones, según el dictamen de un muy distinguido señor Fiscal? ¿A qué indagar el apuro presidencial en contratar con Aratirí, que ni se detiene ante la falta del dictamen medioambiental ni atiende las sólidas objeciones que planteó ante la Justicia otro respetable servidor del Ministerio Público? “¡No politicemos los temas!” es la consigna. Acaso suene lindo, pero deriva de un error garrafal.

Debajo del pedido de no politizar asoma una visión según la cual la política se movería en un plano diferente al de los hechos y las decisiones. A ese plano se podría ingresar, o no, a voluntad, a piacere. La política sería una herramienta de uso optativo, al punto que parece admisible reprochar políticamente el uso de las instituciones constitucionales para plantear polémicas socráticas en procura de la verdad. “¡Ahí están los que quieren hacer política! ¡Fuera con ellos!”

Pero he aquí que los acontecimientos nacionales no se convierten en políticos por hallar o no eco en el Parlamento -que hasta por su nombre es y debe ser caja de resonancia- ni dejan de ser políticos por el hecho de que se intente exponerlos únicamente en asépticos ámbitos técnicos o en rutinarios almuerzos de besamanos. Ese intento fracasa siempre, por cuanto los hechos son tercamente políticos por sí: nos resuenan en la polis, en la ciudad, en casa. Y por más que haya modos de aparentar imparcialidad y aunque nunca falten los situacionistas que se ágilmente entreveran para respirar los aromas del poder, los hechos repercuten en las conciencias y las conciencias -que son el corazón y la garantía final de toda República, como enseñaron Aristóteles y Montesquieu- responden a ellos con sus sentimientos, sus interrogantes, sus aprobaciones y sus indignaciones: y en eso finca la libertad.

La pretensión de despolitizar la imagen de temas públicos es, pues, un vano intento de despegarse del juzgamiento connatural a la vida democrática, sepultando en el silencio o apagando en la sordina la sensibilidad que irritan las caídas en las cuestiones que más nos importan como personas: el apego a la Constitución, la legalidad, la seguridad, la salud, la educación...

Todas esas son materias que valen y duelen antes y más allá de las definiciones ideológico-partidarias. Para inquirir por ellas y estremecerse por las respuestas, no hace falta ser de izquierda o derecha. A su respecto, los desempeños no se juzgan por militancia ni zurcido intestino sino por valores humanos y vectores constitucionales que, en seres libres y racionales, preceden a las divisiones por lemas y vecindarios.
Y que a la hora de la verdad, vencen a esas divisiones.



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