Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Hambre de principios

El Fiscal de Corte Dr. Jorge Díaz arguyó que “las leyes las hacen generalmente los representantes de las clases más pudientes” y deslizó que “los ricos no van presos”.

El Fiscal de Corte Dr. Jorge Díaz arguyó que “las leyes las hacen generalmente los representantes de las clases más pudientes” y deslizó que “los ricos no van presos”.

Sin aludirlo, a las pocas horas el Presidente de la Suprema Corte de Justicia, Dr. Jorge Chediak, recordó que nuestras leyes son igualitarias para todos. Ejemplificó con él mismo como posible sujeto del proceso penal, usando un “nos” que no quiso decir nos-otros sino “nos-todos”. Chapeau!

En realidad, el Derecho asume la existencia de valores que son muy anteriores a las clases sociales y a las leyes. Cuando la Constitución en el art. 7 garantiza “vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad” y cuando en el art. 72 declara que su enumeración de derechos, deberes y garantías no excluye “los otros que son inherentes a la personalidad humana o se derivan de la forma republicana de gobierno”, lo que hace es proclamar que las normas nacen y rigen con independencia de la circunstancia social.

Eso tiene una consecuencia, que nadie puede olvidar ni ebrio ni dormido: el Derecho en todas sus ramas pugna por realizar esos valores, inagotables, que consagra la Constitución. Y para ello tiene, en la historia vieja y nueva de nuestro país, una indeleble tendencia a rebanar los poderes del más fuerte y tutelar los intereses del más débil.

Esto no es teórico sino trágicamente práctico. Cuando, en violación de la Constitución, los pobres roban a los pobres -y matan por un par de championes o por cinco dosis de pasta base- y cuando las mafias intentan asesinar a un Director técnico porque le ganó un partido de fútbol -como sucedió anteayer en el Cerro-, las lágrimas de familias y amigos brotan del alma en lo que ella tiene de universal humano. Y no del estamento ni del escalafón en la pirámide social.

A partir de la doctrina según la cual al Derecho lo dictan los poderosos para sujetar a los oprimidos, ¡vaya si es fácil denostar y demoler sus principios, tildándolos de hipócritas o atribuyéndoles flechamiento! Pero basta padecer en carne propia o de los seres queridos los efectos devastadores de hurtos, rapiñas y asesinatos, para revivir la sed de paz y el impulso de justicia y clamar por la vigencia en el Uruguay del consejo supremo de Don Quijote a Sancho Panza: “Pocas pragmáticas, pero que se cumplan”. Es decir, principios generales y abstractos, pero efectivos, que nos palpiten como un mandamiento para enmendarnos a cada instante, en vigilancia constante de nosotros mismos.

Los principios no son meras recomendaciones genéricas ni se agotan en palabras huecas. Son reglas concretas para la vida práctica de las personas, las familias y los pueblos. Su destino es aplicarse o exigirse.

Ni somos alarmistas ni somos exagerados: hoy, en muchas regiones de América venimos soportando cuadros muy diferentes pero con signos de una decadencia que es ya un tsunami: Kirchner anteayer, Trump ayer, Temer hoy, Maduro todos los días.

No nos dejemos aturdir por la cruza de disparates lejanos y cercanos. Sepamos la laya de vida a que llevan los divisionismos, los odios, las parcelaciones, los fundamentalismos y los que hoy se hacen llamar populismos.

Contra todos ellos, recuperemos el sentido profundo del Derecho como hermandad bajo la norma del respeto, forma superior del amor al prójimo.

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