Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Gane quien gane...

Con sus eslóganes, planes de publicidad, marketing político y encuestas, en su recta final la campaña electoral termina sobrepasando lo prefabricado y desnudando verdades. Se convierte en un gran show de realidades para todo elector que ejerza a fondo su libertad crítica y busque realmente lo mejor para el país.

Con sus eslóganes, planes de publicidad, marketing político y encuestas, en su recta final la campaña electoral termina sobrepasando lo prefabricado y desnudando verdades. Se convierte en un gran show de realidades para todo elector que ejerza a fondo su libertad crítica y busque realmente lo mejor para el país.

En el presente 2014, ¡vaya si hace falta ese ejercicio, cuyas interrogantes y angustias muchos reprimen, reemplazándolas por bretes ideológicos y sumisión genuflexa ante mandatos imperativos de las cúpulas! ¡Vaya si hace falta que, ya fuere con sentimientos de izquierda, de centro o de derecha, cada ciudadano piense por cuenta propia y diga en voz alta la duda que lo tenacea o la convicción que abriga!

En lo estrictamente inmediato, estamos llamados nada menos que a decidir si queremos más de lo mismo o si ambicionamos cambiar, buscando otros rumbos. Pero no solo eso: además, los hechos nos imponen reflexionar más allá de los lemas y las candidaturas, sobre la cruda realidad de que en estos años el Derecho ha descaecido, se ha opacado y ha retrocedido, al mismo tiempo que se han desvitalizado las instituciones básicas del Estado.

En la lúcida conferencia que pronunció el martes en el Rotary Club de Montevideo, el Dr. Romeo Pérez Antón recordó que el gobierno no nos viene dando: es una construcción a cargo de nosotros, los ciudadanos. Y enumeró múltiples insuficiencias que debilitan la calidad de nuestra vida institucional. El Parlamento no gravita, ha perdido consistencia, en parte por el sometimiento de sus mayorías absolutas al Poder Ejecutivo. El Presidente de la República proclama que tal o cual tema va a resolverlo solo, olvidando que la Constitución le impone actuar siempre junto al Ministro pertinente. Cuando los Ministros declaran "A mí me puso el Presidente y solo me voy si él me lo pide" olvidan que, en nuestro diseño institucional, integran el Poder Ejecutivo, se deben a su conciencia y al país, y eso les prohíbe quedarse a toda costa.

Lo que, aun siendo abstractos, tales ejemplos tienen de amargo no es tanto la evidencia palmaria de las desviaciones enumeradas -y un sinfín más- sino la conciencia de que estos retrocesos se nos instalaron a la sordina, contando con la indiferencia de demasiados distraídos.
Hoy estamos no ya ante el enmohecimiento de los engranajes del poder sino ante una ristra de escándalos por despejar, que exigen que todo el Derecho -y no solo el que apliquen los Juzgados de Crimen Organizado- tenga luz, fuerza e imperio para aventar sospechas, absolviendo o condenando, según rectamente corresponda, los múltiples nombres que están en danza.

No es cuestión de partido: el senador colorado Pedro Bordaberry, el senador blanco Luis Alberto Heber y el abogado de izquierda Gustavo Salle han denunciado públicamente aspectos institucionales de la Regasificadora que exigen, imponen, aclaraciones de fondo. Cuando se llega a tanto, no basta recordar el apotegma shakespeariano "Algo huele a podrido en Dinamarca". Además, hace falta reclamar la vigencia de la legalidad, sin la corruptela de creer que la política está por encima del Derecho.

Si se siguen violando sin ningún rubor principios esenciales y si se descalifica al otro sin escuchar sus razones, se está afectando el equilibrio público.

Y eso todo hay que tenerlo presente y reclamarlo… antes y más allá de la campaña electoral, gane quien gane.

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