Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Del dislate, aprendamos

Vaya si atrae la sensación de poder, que, cuando la visión es corta, permite moverse con la irresponsabilidad amniótica del no nato! Por eso, para muchos ha estado rebueno, recool y confortable, esto de pasar años despreciando la legalidad.

Lo habilitó la monserga de que las normas son hijas del dominio sobre los débiles y no se inspiran en la voluntad generosa de proteger a todos: ¿de qué vale la ley si se hizo pa' los que mandan?
Lo facilitó la siembra de guerras: de clases, de sexos, de generaciones, de barrabravas. ¿Cómo voy a obedecer reglas generales y abstractas, si la pertenencia a un sector sirve más que los principios universales definidos a partir del amor al prójimo?

Le dio letra la proclamación presidencial de que la política está por encima del Derecho: ¿a qué luchar jurídicamente si, el primer mandatario -profanando su juramento- le impartió la bendición a disolver los mandamientos de la Constitución en los tejemanejes de trastienda y legitimó que las me

Vaya si atrae la sensación de poder, que, cuando la visión es corta, permite moverse con la irresponsabilidad amniótica del no nato! Por eso, para muchos ha estado rebueno, recool y confortable, esto de pasar años despreciando la legalidad.

Lo habilitó la monserga de que las normas son hijas del dominio sobre los débiles y no se inspiran en la voluntad generosa de proteger a todos: ¿de qué vale la ley si se hizo pa' los que mandan?
Lo facilitó la siembra de guerras: de clases, de sexos, de generaciones, de barrabravas. ¿Cómo voy a obedecer reglas generales y abstractas, si la pertenencia a un sector sirve más que los principios universales definidos a partir del amor al prójimo?

Le dio letra la proclamación presidencial de que la política está por encima del Derecho: ¿a qué luchar jurídicamente si, el primer mandatario -profanando su juramento- le impartió la bendición a disolver los mandamientos de la Constitución en los tejemanejes de trastienda y legitimó que las mejores razones de Derecho reboten en los muros de consensos y prejuicios que se hacen llamar "política" pero redundan en fanatismos?

En este contexto, la legión de ciudadanos que nos empeñamos en sustentar la libertad desde la ley les hemos parecido caídos de la cuna a los que, a pretexto de construir un Uruguay progresista, se aventuraron en rutas empedradas de ilegalidades. ¡Nunca es cómodo recordarle los principios al que viene embalado y con viento a favor!

Pero al cabo de años de "todo vale", la conciencia ciudadana ha visto la laya de vida a que nos condujo menospreciar las normas de orden público. Episodios como el de Pluna son el fruto, tardío pero sazonado, de haber jugado a la mosqueta con los principios de Derecho Administrativo que prohíben elegir el socio a dedo, impiden garantir el Estado el pago de aviones de una empresa privada, vedan hacerle moñas a los pasivos provenientes de un ex socio -en el caso, Varig- e imponen no otorgar desde la presidencia del BROU -Ente Autónomo- un aval sin respaldo de carpeta, tan solo por comedimiento ante el telefonazo de un Ministro a quien se le obedece presto, en vez de hacerle el favor -debido- de frenarlo.

El caso es imponente, pero no único. Con Aratirí está por perpetrarse una hazaña similar. Y esa insistencia deja a la vista un pecado aun mayor: contumacia en no extraer lecciones de la experiencia, empeño en no aprender.

A pocas semanas de evidenciarse que los que se dejaron llevar por la ola light de ilicitudes terminaron en el bochorno penal, el empecinamiento en saltarse dictámenes y violar formas indica una pérdida de sensibilidad que suena a esclerosis ético-jurídica.

Pues bien. Si algo útil debe quedarnos de la etapa sufrida bajo el gobierno de quienes proclaman sin ruborizarse que la política está por encima del Derecho, es la renovación del valor del Derecho por sobre toda política.
Tras la ristra de descalabros, todos los ciudadanos -de izquierda o derecha- debemos fortalecer nuestra conciencia normativa, haciendo causa común en la obediencia a la Constitución y el acatamiento a la legalidad.

No es cuestión de banderas respecto al modo de producir y repartir la riqueza. Es cosa de restablecer el modo recto de tratarnos, ascendiéndonos a pueblo culto que piensa; y rechazando el intento que, anestesiando los sentimientos normativos, busca reducir al pueblo a espectador indiferente, manejable como rebaño que bala.

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