Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

¿Cultura sin ideales?

Lo económico domina la escena: desde el pacto con UPM a los rastros de petróleo y la esperanza de alimentar a China, los temas del PBI menudean en los Consejos de Ministros y los desayunos de trabajo que ya atoran las agendas de fin de año.

No es para extrañarse. La economía es intrínseca a lo humano. La renta nacional no le basta a nuestro Estado, obeso y fláccido. Los edificios públicos pasan el año entero pintarrajeados por reclamos.

Tras las esculturas de Dante y Cervantes, del frente agrisado de la Biblioteca Nacional pende un cartelón: “El último, que apague la luz”. Todo un símbolo de la agonía de ese servicio, enraizado en la historia grande de Artigas y Larrañaga y enclavado en la memoria íntima -y por eso valiosa- de los miles que hemos frecuentado sus salas y ficheros, para desasnarnos sobre un tema enorme o escudriñar un documento ignoto.

Grandes letreros reclaman en los Juzgados que las sentencias se obedezcan. Piden que se pague una deuda resuelta por fallo firme, seguido de desacato.

Así sucesivamente, por reclamos en el BROU, en la pesca o en el BPS, provengan de la que se hace llamar “izquierda” o de la que se ha dado en llamar “derecha”, surjan de los trabajadores, de los patrones o de los gobernantes que están o de los que aspiran a reemplazarlos, los planteos se concentran en lo económico. La falta de recursos está oficializada como chivo expiatorio, el interés corporativo manda y la rebatiña se ha consagrado como la manera de vivir entre sopores de resignación.

Pero es hora de despertar lúcidos: estamos pidiéndole a la economía lo que jamás podrá darnos. Un lenguaje sociológico materialista oculta que los problemas que postran al país y le impiden resolver cuentas pendientes, se gestan en el empobrecimiento de los sentimientos y las ideas porque llevamos décadas desdeñando las disciplinas que enseñan a sentir y pensar con principios claros. Y así no hay Constitución que funcione.

Reduciendo las artes a ideología, rebanando la literatura universal y matando la enseñanza de la lógica musical, matemática y filosófica, instauramos una insensibilidad de bochorno. Tanto, que hasta estamos tolerando que el Senado -otrora cátedra- haya sido presidido primero por un inepto ético y después por una deslenguada ganancial.

Llamándole “cultura” a las costumbres particulares de grupos, sectores o etnias, se ha olvidado que la persona se hace dueña de sí misma solo si se abre a una cultura universal, se enamora de grandes ideales y, con libros o con payadas, ensancha su alma. Lo enseñaron los antiguos y desde el siglo XX a hoy lo han proclamado Ortega y Gasset, Viktor E. Frankl, Pitirim Sorokin, Gadamer y una legión más.

Redujimos la temática ciudadana a meras alternati- vas materiales, indiferentes a lo esencial: la formación personal.

Y hoy, por mucho que nos prosternemos ante los grandes números, no hay capitalismo que podamos construir sin recuperar la iniciativa, la inventiva y el arrojo de cada persona. Y por mucho que se hable de la sociedad y se califique como social toda necesidad y toda dádiva, no hay socialismo que pueda edificarse fabricando antisociales y marginando a grandes masas en la ineducación.

Es que por mucho que dibujemos proyecciones, nada tendrá destino si no volvemos a abrazar ideales. Y esa es la tragedia nacional.

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