Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Couture en la lucha

Viví el tránsito de Eduardo J. Couture de la cima a la inmortalidad. Ingresé a la Facultad cuando era su Decano. Un año después, moría con 52 años. El 11 hará 60 años. Hasta hoy me resuenan las voces inconfundibles de José Sánchez Fontans y Raúl Moretti rindiéndole homenaje al Maestro. Hasta hoy revivo la calidez con que nos recibió a los perplejos que ingresábamos. Tierno pero firme, como correspondía.

Viví el tránsito de Eduardo J. Couture de la cima a la inmortalidad. Ingresé a la Facultad cuando era su Decano. Un año después, moría con 52 años. El 11 hará 60 años. Hasta hoy me resuenan las voces inconfundibles de José Sánchez Fontans y Raúl Moretti rindiéndole homenaje al Maestro. Hasta hoy revivo la calidez con que nos recibió a los perplejos que ingresábamos. Tierno pero firme, como correspondía.

Se horrorizó el día que en Práctica Notarial -así se llamaba entonces- se descubrió a dos chicas copiando. Suspendió las clases, llamó al Paraninfo y pronunció una disertación magistral sobre la buena fe, al cabo de la cual preguntó: “Si la Facultad de Derecho no ha de formar damas y caballeros, ¿para qué quiere graduar abogados y escribanos?” Fruto de una excepcional capacidad para la abstracción, Couture tenía una visión del Derecho Procesal, y del Derecho todo, que más que formal y rígida era mayéutica, parturienta: llamaba a gestar y dar a luz. Siempre claro, no fue superficial sino profundísimo.

Anticipado, no promovió una moda. Plantó cimientos.

No enseñó el Derecho como un estadio para hacer torneos de argumentación. Le dio Fundamentos, con la mayúscula connatural al título de su libro más logrado y con la minúscula de la vida cotidiana, para la cual predicaba en la cátedra, en Rotary o donde fuere.

Situó el eje de la institucionalidad en la conciencia. Sal- tó del Derecho Procesal a la filosofía: fue una prueba viviente de que el hombre que hace Derecho con alma no se encierra en un sistema rígido, y, al estar obligado a pensar sobre lo repentino, aprende a filosofar yendo de lo particu- lar a lo general y viceversa… hasta sin darse cuenta. Sen- tó para siempre principios cardinales. Su obsesivo reclamo para cada prójimo de “su día ante la Justicia” sigue generan- do frutos y sembrando esperanzas, ya no solo en el Po- der Judicial sino en toda la Administración y aun en el Derecho Privado institucional.

Por cierto, cambió la Facultad a que fuimos: no es más una casa vacía. Ya no es única.

Cambió nuestra comarca: dejamos de ser una República ejemplar. Cuando éramos la Suiza de América, nos comparábamos con los mejores del mundo. Hoy, amancebados con los peores del continente, los mismos candidatos que se negaron a debatir con sus ri-vales osan proponer que se prohíba la publicidad electoral en la TV y en las calles.

Cambió el mundo: el terror y el fanatismo se rebautizaron como fundamentalismo. La industria del entretenimiento tiene arrinconada a la cultura.

Todo el escenario cambió, pero hay algunas verdades de la conciencia que volverán a renacer siempre, porque hay una esencia del hombre y porque hay una ética. Esas verdades son las que, en cogollo de eternidad, enseñaba Couture. Es que del Derecho no esperamos la resurrección de la carne sino la perennidad de los principios. Esos principios nos imponen hoy alarmarnos con el manejo político de proyectos procesales manoseados en conciliábulos que no son técnicos. Alarmarnos por los ataques a la garantía ciudadana que siempre fue la independencia técnica de los fiscales. Alarmarnos porque se espera del Derecho Procesal lo que por sí solo no puede dar, recuperar la seguridad. Sí: alarmarnos porque brotan nuevos agujeros negros del Derecho. “No quieras ser sólo abogado, porque entonces no serás ni siquiera abogado.” Couture, más que un recuerdo, es una bandera de combate.

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