Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Cabecitas y ausencias

Al Mauri -17 años, varias internaciones- se le preguntó por qué volvió a rapiñar. Contestó: “Lo hice por la cabecita que tenemos”.

Al Mauri -17 años, varias internaciones- se le preguntó por qué volvió a rapiñar. Contestó: “Lo hice por la cabecita que tenemos”.

Echarle la culpa a “la cabecita” suena a un automatismo: me falló el mecanismo de la testa. Como explicación de haber golpeado a un anciano para robarlo, dar a entender que “yo no soy la cabeza que tengo” deposita la responsabilidad fuera del yo. En esa clase de respuesta anida el “soy así y aguantenmé” del tipo que después sigue a los tumbos.

Pero más allá de eso, dejó caer una verdad sencilla y enorme: se roba, se asalta y se mata a partir de los pensamientos que se tienen dentro. Sí: el horizonte de las personas crece o se achica, se ilumina o se oscurece, asciende o se hunde, según lo que cada quien cultive en su cabeza, porque el pensamiento es lo que mueve al mundo.

Fue siempre así. En el ideario están las semillas de las cumbres y las miserias de quien las abriga. El delito tiene hoy a la gente contra las cuerdas, décadas después de habernos dejado instalar las teorías que a fuerza de explicar todo por el contexto social, ahogaron la responsabilidad personal e indujeron a justificar colectivamente cualquier cosa. Hoy cunde el contagio de posturas agresivas, favorecido por pertenencias -de clase, barrio, banda- que impiden ver en el prójimo a un semejante; y favorecido por el culto a la ignorancia y por la admiración a la bajeza. Y es así que llegamos a esta encrucijada.

Trastrocada la organización policial, privatizada gran parte de la seguridad, enrejados pero amenazados los ciudadanos, lo único seguro que queda son los cargos de los actuales ministros, atornillados al puesto con una inamovilidad a prueba de fracasos. Pero el tema no es sólo gubernativo.

En efecto: lo derrotado en nuestro Uruguay es la aventura universal de depositar la esperanza en la educación para pensar. Esa aventura viene de muy lejos, la impulsan los primeros judíos, griegos y cristianos, se convierte en ansias de razón desde Descartes a la Ilustración, se alza como esperanza científica en el Positivismo, se estremece de sentimientos en el Romanticismo, se purifica en abstracción lógica y valoración de contextos en el siglo XX. El Uruguay fue llamado por una pléyade -de Varela a Vaz Ferreira, de Figueira a Grompone- a encarnar el sueño universal de educación. En cada adolescente que se droga, roba y mata, lo realmente pisoteado es ese sueño, que hoy es mandamiento constitucional.

Esa tragedia no puede disolverse en ningún porcentaje estadístico, porque a la víctima le cuesta el 100% de su existencia o de su paz, el victimario compromete el 100% de su destino, y la familia de cada asesinado sufre el 100% de su ausencia.

Semejante cuadro realza el valor de Don Bosco, Jubilar, Impulso, Cadi, Providencia, Los Pinos, Obra Ecuménica, Banneux y muchos otros institutos que encienden antorchas entre los más carentes. Debemos expandir su ejemplo, luchando por las luces de una educación que fortalezca moralmente a la individualidad, en vez de encharcarla en adicciones autodestructivas.

¿O acaso no sabemos que las explicaciones mecánicas que depositan la responsabilidad fuera del sujeto son parte del veneno público que impide construir espíritus sanos, capaces de erguir respuestas fuertes para no seguir cayendo por el despeñadero?

¿O acaso no es tiempo de volver a apostar a la cultura, única fuente de igualdad auténtica?

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