Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

De brutos y canallas

Cada vez con menos público en el clásico, trifulca. El Fiscal Zubía pidió múltiples procesamientos con prisión. La Jueza Rieiro procesó sin prisión. Hizo precio. Pero impuso a los enjuiciados una medida sustitutiva que duele: les prohibió, por dos meses, jugar. Y la indagación seguirá.
Destrucción del deporte más nuestro, por olvido de la enseñanza olímpica de que los torneos existen más para el juego -parte segura de lo eterno humano- que para el triunfo -parte contingente de lo efímero humano.

Degradación del espectáculo, que en tribunas y canchas está desde hace años rodeado de brutalidades. Entrega de la dignidad del público por rebanadas: al comprar la entrada, te anotan la cédula de identidad; al entrar al estadio, te cachan de armas.

Anteayer se habló de instruir a los jugadores en las normas penales, para evitar que vayan presos. La iniciativa puede ser bienintencionada, pero olvida que el Derecho Penal es un recurso último -ultima ratio- para garantizar el re

Cada vez con menos público en el clásico, trifulca. El Fiscal Zubía pidió múltiples procesamientos con prisión. La Jueza Rieiro procesó sin prisión. Hizo precio. Pero impuso a los enjuiciados una medida sustitutiva que duele: les prohibió, por dos meses, jugar. Y la indagación seguirá.
Destrucción del deporte más nuestro, por olvido de la enseñanza olímpica de que los torneos existen más para el juego -parte segura de lo eterno humano- que para el triunfo -parte contingente de lo efímero humano.

Degradación del espectáculo, que en tribunas y canchas está desde hace años rodeado de brutalidades. Entrega de la dignidad del público por rebanadas: al comprar la entrada, te anotan la cédula de identidad; al entrar al estadio, te cachan de armas.

Anteayer se habló de instruir a los jugadores en las normas penales, para evitar que vayan presos. La iniciativa puede ser bienintencionada, pero olvida que el Derecho Penal es un recurso último -ultima ratio- para garantizar el respeto al prójimo; y olvida que ese respeto al prójimo debe nacer de adentro, inculcado y meditado mucho antes de saber la diferencia entre los tipos técnicos del Código Penal: ¿o no hay acaso millones que sin haber leído jota sobre descripción de delitos, no los cometen nunca?

En la global caída de valores que también abrasa al fútbol -sí, lo quema-, el episodio del lunes no es un hecho aislado. Llega al cabo de años con incidentes bochornosos, y a veces criminales, que han rodeado a múltiples canchas. Surge en las mismas horas en que se debate el destino de una denuncia penal trasnacional, formulada ante uno de los Juzgados Letrados del Crimen Organizado.

Aclaremos: por décadas, el fútbol fue escuela popular de Derecho, donde las reglas del juego y el respeto entre las hinchadas se instilaban sin sentir. Nos sentábamos juntos los de Nacional con los de Peñarol. Los desmanes eran hechos aislados, que los dirigentes condenaban sin los ambages y medias tintas en que tantos chapotean hoy. Y el reclamo a gritos de un foul o un off-side afirmaba la vigencia de las normas en conciencias personales que las cultivaban, aun sin leerlas.

En el Uruguay, fuimos legión los que, oyendo las voces ásperas de Carlos Solé y Luis Víctor Semino, aprendimos que las leyes eran para todos y debían aplicarse incondicionadamente siempre, mucho antes de que nos enseñaran que Kant las fundaba en el imperativo categórico. Lo que tiene el Derecho de intuición y sentimiento, se adquiría en y desde el fútbol.

Hoy esa función ya no se cumple. Y así como la gente le pide al Derecho Penal que le garantice los valores que la propia gente ha dejado de cultivar, el fútbol le pide al Derecho lo que antes el fútbol le daba al Derecho.

Y eso, con ser grave y simbólico, no ha sido lo peor de la semana.
Subió a YouTube un video infecto, grabado por alimañas, cuya difusión profanó el derecho a la intimidad de una joven que ostensiblemente actuó por fuera de toda conciencia y merece y necesita comprensión y piedad.
Esta canallada tiene consecuencias jurídicas. Si cada medio de comunicación está obligado a identificar a sus dueños, que responden con sus bienes y su libertad, el Derecho debe perseguir y condenar la irresponsabilidad anónima de quienes por Internet universalizan infamias al instante.

Porque ni el afeitado verde del césped futbolero ni los infinitos tonos agrestes de Santa Teresa merecen soportar brutos ni ruines.

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