Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Brum en las instituciones

Se cumplen 84 años del golpe de Estado por el cual el presidente Gabriel Terra disolvió las Cámaras, decretó la censura de prensa y convirtió a la Isla de Flores en cárcel para los opositores.

Se cumplen 84 años del golpe de Estado por el cual el presidente Gabriel Terra disolvió las Cámaras, decretó la censura de prensa y convirtió a la Isla de Flores en cárcel para los opositores.

La zanja que esa desgracia produjo en la ciudadanía se reflejó, inequívoca, en la prensa nacional. Los diarios blancos El País y El Plata, y el semanario socialista El Sol, supieron estar junto a El Día -entonces un baluarte del Batllismo- en la rotundidad de su oposición al gobierno ejercido desde el Cuartel de Bomberos, “invasión vertical de los bárbaros” al decir del inolvidable profesor Carlos Benvenuto.

Para estrenar su atropello volteando a un símbolo republicano, en la mañana del 31 de marzo de 1933, el dictador mandó a la Policía para apresar a Baltasar Brum, expresidente, batllista doctrinario y práctico. Esa tarde Brum se inmoló: tiñó con sangre propia la quiebra de las instituciones.

Con su gesto volvió a decir lo que en este suelo había enseñado Artigas en 1813, había sostenido la Cruzada Libertadora y había declarado la Constitución de 1918 al introducir el texto, hasta hoy vigente, del art. 72: la persona es raíz, fuente y destino de las instituciones y sus derechos preceden a la letra escrita.

Es decir: aquí en el Uruguay, la libertad y la legalidad son cuestión personal que nos duele individualmente y que es indelegable en ningún aparato de poder habido ni por haber.

Río Branco casi Colonia, acera par, la vieja casa donde se mató Baltasar Brum hoy no llama la atención. Ante su gris desvaído, desfila indiferente el trajín diario.

En su vereda, igual que en casi todas las del Centro, la basura alterna con los drogados que, en sopor de mal vivir entre andrajos y cartones, desaparecen como personas, para sí mismos y para los transeúntes, que ya los miran sin verlos y los ven sin sentir. Todo lo cual viola la Constitución.

Al montevideano promedio de hoy no lo estremecen los valores morales por los que se sacrificó Brum hace 80 años, ni lo conmueven las miserias del prójimo a cuyo lado pasó hace ocho minutos.

No es que el ciudadano no sufra. Es que se ha acostumbrado a tragarse el sufrimiento, a no gritarlo en palabras, a no elevarlo a concepto y a no transformarlo en decisión de lucha. A repantigarse frente al televisor a mirar brutalidades, callándose, y a dejar que otros le cuenten quiénes son los más populares según lo que se habría encuestado a desconocidos, en vez de preguntarse, en consciencia y a fondo, quiénes, si no esos supuestamente “populares”, son los responsables de las iniquidades entre las cuales deambulamos, sorteando bultos humanos que deben avergonzarnos, chapaleando basura garantizada para todo el año y reduciendo a datos estadísticos las tragedias en que todas las semanas se asesina a inocentes.

Por ese camino la República deja de ser el ámbito de lucha y construcción de coincidencias de las mejores inquietudes, las mejores ideas y los mejores sentimientos: la frustración se expande y la libertad se esclerosa.

No es cuestión de izquierda y derecha, como pretenden los fanatizados que admiran o defienden a democracias tan ejemplares como Corea del Norte, Cuba y Venezuela.

Es cuestión del valor supremo de la persona, antes y más allá de lo que vote.

Porque fue por las instituciones que se nos suicidó Brum.

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