Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Atchugarry en nosotros

Alejandro Atchugarry se ganó en vida el dolor unánime que nos deja su muerte. Por su coherencia y trayectoria. Por su alma liberal, capaz de oír a todos y crear respuestas propias. Por su sacrificio y su imaginación política de artista, al ser el Ministro de Jorge Batlle que venció la crisis del 2002 y que, sucedido por Alfie, en tiempo récord entregó al país en orden y crecimiento. Por la modestia con que, tras haber timoneado la salvación pública, se retiró al quehacer privado.

Alejandro Atchugarry se ganó en vida el dolor unánime que nos deja su muerte. Por su coherencia y trayectoria. Por su alma liberal, capaz de oír a todos y crear respuestas propias. Por su sacrificio y su imaginación política de artista, al ser el Ministro de Jorge Batlle que venció la crisis del 2002 y que, sucedido por Alfie, en tiempo récord entregó al país en orden y crecimiento. Por la modestia con que, tras haber timoneado la salvación pública, se retiró al quehacer privado.

Salió del Ministerio renunciando una candidatura segura. Ni armó clientela ni se unció a la turistocracia internacional.

El diputado que había brillado joven por su independencia personal, fue senador y Ministro mayor en la tormenta; y enseguida volvió al trabajo tempranero en su recatado escritorio de 18 de Julio y Beisso. Es que en él convivían la sensibilidad por el destino público, la vocación de servicio y la voluntad de ganarse la vida privadamente.

El Uruguay es un país que tiende a polarizarse. Nuestro gesto más fácil es dividirnos en dos: Peñarol o Nacional, blanco o colorado, izquierda o derecha, gobierno u oposición. Llevamos impresa una estructura binaria que nos entorpece para detectar matices y edificar coincidencias y nos deja regalados a las ideologías que, al dividirnos en “nos-otros los buenos, ellos-otros los malos”, son camino hacia la ceguera y la intolerancia: nos encierran en compartimientos estancos y nos impiden apreciar la cuota de razonabilidad que puede contener el reclamo del más sañudo adversario.

Atchugarry encarnó el reverso de ese Uruguay que hoy se despeña por su divisionismo.

Si lo valorábamos todos y al partir nos estremeció a todos, es porque, desde su delgadez y sus largos silencios, le dio vida y vigor al modelo primario que extrañamos desde el alma. Con su conducta íntegra, reflejó al ciudadano quijote y común que sueña y siembra pero no lucha por el relumbrón ni el poder.

Al encarnar y obedecer los principios que nos hacen persona -amor al prójimo, justicia, libertad- revivió el Uruguay para el que nos criamos, que le confería grandeza democrática a la convivencia -hoy signada por la chatura y la chabacanería. Ante su muerte nos renació el balance de lo que queríamos ser como país fraterno.

En Alejandro palpitaba el hombre que no vivía desde la infraestructura económica ni desde la pertenencia a grupos de intereses ni a partidos. Así como los valores espirituales y morales son anteriores a lo que la Constitución manda, Atchugarry era batllista desde valores universales previos a su definición política. Nos lo mostró en lo que hizo y en lo que renunció.

Este sentimiento que nos unifica ante su partida nos hace vibrar con esas potencias espirituales, las que nos impulsaron la vocación republicana desde antes de tener independencia, Constitución, partidos y sindicatos. En un país aterido por crímenes, drogas y corruptelas, donde todos hemos hecho experiencia con las fallas humanas, el sentimiento que se unifica ante la muerte de Atchugarry nos recuerda que no todo es confrontación y que sigue latiendo en nosotros una esencia humana anterior a clasificaciones y pertenencias.

Es, hoy, una revelación. Nos indica un camino: regenerar a la República, pensando sin fronteras, con cruza de modestia y señorío.

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