Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Nuestros años 16

El 1816 fue el año de la invasión portuguesa, de las derrotas en Corumbé e India Muerta, de la perplejidad sin horizonte y del enésimo choque con Buenos Aires, que Artigas selló rechazando “sacrificar el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”. Viendo llegar los años turbulentos de la Provincia Cisplatina, fue el año en que le germinó la soledad que iba a desterrarlo desde 1820.

El 1816 fue el año de la invasión portuguesa, de las derrotas en Corumbé e India Muerta, de la perplejidad sin horizonte y del enésimo choque con Buenos Aires, que Artigas selló rechazando “sacrificar el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad”. Viendo llegar los años turbulentos de la Provincia Cisplatina, fue el año en que le germinó la soledad que iba a desterrarlo desde 1820.

Un siglo después, el año 1916 marcó la mayor bisagra de nuestra institucionalidad. A 12 años de concluida la Guerra de 1904 y a 17 meses del fin del segundo período de José Batlle y Ordóñez, el Uruguay en paz elegía su Asamblea Nacional Constituyente, y allí rechazaba la reforma que impulsaba el dos veces Presidente: acabar con las dictaduras, reemplazando el unicato por una Junta cuyos nueve miembros iban a renovarse a razón de uno por año.

Era el sueño racional de una República constantemente preñada de elecciones que iban a alumbrar a un cogobernante nuevo cada doce meses. Pero el proyecto producía una paradoja: los blancos debían ganar cinco elecciones seguidas para que su mayoría en las urnas se reflejase en la Junta. Votaron en contra, junto a colorados disidentes y católicos militantes. En la derrota electoral de Batlle y Ordóñez, el Uruguay revalidó el eterno mensaje que le viene desde las Instrucciones: aquí nadie concentrará jamás todo el poder.

El fiasco gubernista pudo haber reavivado odios, devolviendo al país al estado de guerra, aún fresco en la memoria. Pero más fresca -y viva- se afirmaba la voluntad cívica que, merced a maestros que sembraban virtudes ciudadanas, en poco más de una década generó una democracia sin revanchas y sin presos, edificada sobre personas con principios.

En la Constituyente, la alta inspiración de gubernistas y opositores fructificó en polémicas fuertes pero lúcidas. Por oírse recíprocamente hombres cultos convencidos de sus verdades, nació la histórica Constitución de 1918, donde se logró acordar que el Estado se diferenciara del partido gobernante, que el patrimonio industrial público se blindase en Entes Autónomos contra desvíos presidenciales o partidistas, y que el poder empezara a despersonalizarse. Se logró que el Estado estableciera su laicidad, pero no desde un dogma materialista sino desde el reconocimiento -en el hoy Art. 72 de la Constitución- de la primacía de la personalidad humana, dejándonos en la frontera rebelde del Derecho Natural.

De aquel diálogo abierto entre los grandes de la época resultó un modo de vida que sigue resucitándonos después de nuestros cataclismos.

Este año 16 amanecemos ante balances de bochorno, no sólo de Ancap. La ministra de Corte, Dra. Elena Martínez, denuncia que entre los postulantes para jueces, se advierten carencias en ortografía, gramática y comprensión lectora. El Arq. Rafael Viñoly nos restriega que seguimos viviendo desde una máquina de impedir. Los temas dominantes son la basura y la contaminación. Los logros se llaman Antel Arena.

El cuadro azota al país muy por encima de lo que vote cada quien. Nos llama a dialogar sobre ideales auténticos, en vez de sentarnos a repartir unas lentejas que vuelven a escasear y aislarnos amargados frente al televisor.

Discutiendo sobre educación sin educar, reclamando trabajo sin enseñar a trabajar, hablando de suciedad sin limpiar y dividiéndonos en izquierda y derecha sin oírnos, sólo nos espera más decadencia.

No la merecen los años 16 de nuestra bendita historia.

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