Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

130 años y mañana

Ayer se cumplieron 130 años de la fundación de El Día por don José Batlle y Ordóñez. Podríamos quedarnos en la doctrina que predicó desde sus columnas. Podríamos evocar su humanismo laico, su lucha por la legislación social, su colegialismo, su actitud antitotalitaria. Podríamos repasar su defensa de la Constitución contra Terra, los tupas y la dictadura. Podríamos recordar a sus prohombres ilustres, como César Batlle Pacheco, de fino trato parlamentario y personal con Washington y Enrique Beltrán Mullin.

Ayer se cumplieron 130 años de la fundación de El Día por don José Batlle y Ordóñez. Podríamos quedarnos en la doctrina que predicó desde sus columnas. Podríamos evocar su humanismo laico, su lucha por la legislación social, su colegialismo, su actitud antitotalitaria. Podríamos repasar su defensa de la Constitución contra Terra, los tupas y la dictadura. Podríamos recordar a sus prohombres ilustres, como César Batlle Pacheco, de fino trato parlamentario y personal con Washington y Enrique Beltrán Mullin.

Pero no hay que dejarse ir por las imágenes en blanco y negro del pasado remoto ni por las imágenes a todo color de la actualidad. Así como la música no es solo una colección de partituras ni el Derecho es solo la letra de la ley, la historia no es solo la acumulación de las imágenes o los documentos. Nuestra historia es la reflexión sobre lo que nos pasó. La reflexión: que no es la conclusión aritmética, lineal; que a veces deduce desde axiomas, pero siempre llama a comprender refinando principios y descubriendo caminos. Elevada a concepto, la historia es filosofía, enseñó Benedetto Croce.

No es cosa, entonces, de declamar “cómo a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor” ni de consolarse con que ya no hay modelos perfectos. Tampoco es cuestión de esperar que todo estalle y que un milagro dialéctico nos devuelva la cultura, la seguridad y el diálogo fecundo que perdimos.

Ahí tenemos la Argentina: ningún escándalo le falta, pero ninguno le restaura el espíritu de Mayo. Es que tanto en lo personal como en lo colectivo, las respuestas brotan y las antítesis se imponen únicamente si, con el alma, se abraza ideales. De los dramas morales no se sale inventariando desgracias, con cara pasmada de “¡¿dónde se ha visto?!”

Por lo demás, ni el mundo ni el Uruguay son los de un siglo atrás. Estados Unidos con sus matanzas no es modelo de garantías. Europa ahoga inmigrantes. En Medio Oriente se abrazan terrorismo y teocracia.

Y nosotros decaímos sin que nada sea lo mismo que hace cien años. La laicidad no se reduce hoy a polémica de católicos y librepensadores. Hay en el Uruguay espiritualidad cristiana no papista; y la hay no cristiana, judía, budista y atea. A su vez, se apoderaron del Estado unos dogmas materialistas mucho más dignos de extirparse que los crucifijos, porque inducen al quietismo hasta ser los nuevos “opios del pueblo”.

Hoy la legislación social no se vincula al mandamiento universal de amor: se la asocia a una lucha de clases que toma al resentimiento por resorte y niega valores básicos, al punto de considerar “de avanzada” tragarse la monarquía castrista, la miseria madurista y la satrapía kirchnero-monasterial.

Ante este cuadro -salpicado por asaltos a nuestros seres queridos y por drogados que duermen en las calles- hace falta una nueva síntesis que nos ilumine con una reeducación, anterior a los partidos, para la libertad, la justicia y la lucha personal y solidaria.

Solo así saldremos del fango que nos trajo haber sustituido la sensibilidad y el pensamiento públicos por encuestas -recabadas en silencio-, sobre lo que dicen que opinan -también en silencio- unos ciudadanos despersonalizados y sin rostro, gobernados a puro rostro.

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