Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

500 años de Lutero

El 31 de octubre de 1517 el cura agustiniano Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg las 95 tesis con las cuales condenaba la venta de indulgencias.

Ese acto iba a constituirse en roca fundacional del protestantismo y la Reforma.

Sostenía Lutero que "Cualquier cristiano verdaderamente arrepentido tiene derecho a la remisión plenaria de pena y culpa, aun sin carta de indulgencias" y que la "participación en todos los bienes de Cristo y de la Iglesia" "ha sido concedida por Dios sin cartas".

A "la prodigalidad de las indulgencias" compradas con dinero, les oponía "la verdad de la contrición", arrepentimiento con propósito de enmienda. Clamaba para que "el pueblo" no prefiriera comprar perdones en vez de hacer "buenas obras de caridad".

Si repasamos esas tesis, si leemos la carta que le dirigió a Alberto de Brandeburgo, arzobispo y gobernante endeudado, y si nos asomamos a la pasión con que llamó a cada uno a leer por sí mismo la Biblia, sentimos la hondura de la revolución que promovió Martín Lutero: colocó a la conciencia personal como fuente y barrera infranqueable para la autoridad de todos —incluso de la Iglesia Católica, de la que, queriendo reformarla, terminó desgajándose.

Lutero no construyó inmensas avenidas teológicas ni filosóficas como las que San Agustín y Santo Tomás pavimentaron entre su fe cristiana y sus lecturas griegas, pero fue un hito en la historia del pensamiento universal.

Quince años después que Colón había llegado a América, 4 años antes que Magallanes y Elcano dieran prueba práctica de la redondez de la Tierra y 100 años antes que la Inquisición obligase a Galileo a retractarse de su convicción de que nuestro planeta giraba sobre sí mismo y en torno al Sol, clamando "E pur si muove!" con la honrada certeza de quien conquistó una verdad, lo que hizo Lutero fue afirmar la sensibilidad, la intuición y la libertad crítica frente a los disparates institucionales que tocaba con los dedos.

La irrupción del protestantismo cambió la historia. Aparecieron las guerras de religión entre cristianos, surgieron las diferencias de actitud que según Max Weber explicarían el éxito del capitalismo anglosajón y, sobre todo, se expandieron las ideas renacentistas hasta purificar en el siglo XVIII el ideal de libertad religiosa en los planteos de la Ilustración, que instalaron el sueño de respetar al hombre por encima de credos.

Es así como se llega a institucionalizar el respeto por la persona antes y más allá de los dogmas.

El protestantismo fue fecundo en modelos humanos como Albert Schweitzer, el médico filántropo de Lambarené y Martin Luther King, asesinado por luchar contra el racismo desde el amor.

Eso sí: no iba a estar libre de que en la proliferación de denominaciones y la aparición del marketing espiritual, terminasen colándose supersticiones que explotan la credulidad pública. No venden indulgencias con la promesa de salvar almas perdidas en el Cielo. Venden la promesa de milagros exprés para la terrenal miseria.

Frente a estas deformaciones del espíritu, a las que se suman las transgresiones de Estados sin freno, a esta altura es un deber inexcusable rebelarse como el monje de Wittenberg, en bien de los 500 años que vendrán.

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