Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Mucho más que 80 años

Anteayer cumplió 80 años el Dr. Julio María Sanguinetti. La cifra por sí sola no refleja la sucesión continua de pensamiento y acción de este eminente ciudadano.

Anteayer cumplió 80 años el Dr. Julio María Sanguinetti. La cifra por sí sola no refleja la sucesión continua de pensamiento y acción de este eminente ciudadano.

Empezó a batallar en el semanario Canelones y el diario Acción de Luis Batlle; diputado con 27 años, fue Ministro de Industria y Comercio y de Educación y Cultura. Abogado independiente, asumió todos los riesgos de oponer su pluma a la dictadura y de ayudar proscriptos. Dos veces Presidente de la República, honró al país como interlocutor lúcido de las mayores personalidades del último medio siglo. Y hoy, ante la debacle nacional, escribe sin pausa para cumplir el primer y más alto de los deberes públicos: pensar y decir a viva voz.

El Dr. Sanguinetti condujo la recuperación de la libertad y el renacimiento del diálogo entre los uruguayos. Ese solo mérito inscribe su nombre en la más indeleble memoria de todos los que no consumimos relatos amañados y vivimos la historia como expansión de nuestra conciencia y nuestra lucha.

Merece el más alto de los reconocimientos por haber sabido ser primus inter pares en la salida ordenada de las amarguras de la guerra interna y el atropello institucional. Nos abrió el cauce para entendernos por diálogo, sin estigmas ni persecuciones.

Desde el mediodía del 1º de marzo de 1985, cuando recibió los atributos del poder presidencial de manos del titular de la Suprema Corte de Justicia, Dr. Rafael Addiego Bruno -en quien los había resignado días antes el último gobernante de facto-, el pulso de Sanguinetti puso su impronta a los años de liberación y esperanza que advendrían. Cumplió esa sacra misión contando con la grandeza de ciudadanos recios -Enrique Tarigo, Wilson Ferreira Aldunate, Líber Seregni y muchos más- que jamás ocultaron sus ideas, pero que, en el altar de la República, ofrendaron sacrificio, se abrieron a la concordia y por las zozobras vividas, devolvieron bien.

Esa etapa, más que gestión fue gesta. Y la marcó la comprensión intelectual y el denuedo del Dr. Sanguinetti, mandatario de un pueblo que ansiaba reencarnar su paz.

Aquel fue uno de los más altos momentos de la vida nacional: todos sentíamos la trascendencia de que la Constitución imperase por encima de la política.

Hoy las aguas ya no corren límpidas en la misma dirección: el Estado -permanente- se confunde con el gobierno -transitorio- y se entrevera con ideología y presión sindical. Se eclipsó la lucha de ideas. La libertad política perdió vibración al reducirse a rutina del voto. Los valores se han degradado a relativismo. Un planteo gramsciano de la guerra de clases traiciona la médula de la democracia. Una mayoría obediente y corporativa regala altos cargos a los depredadores de la mayor empresa pública del país. Y tamaña decadencia cívico-cultural se recorta sobre un mapamundi erizado de nuevas formas de intolerancia totalitaria.

Pues bien. Sepámoslo: en Europa y Asia, las naciones tienen hambre de una libertad garantida, como la que entre 1985 y 2005 supieron honorablemente reedificar los partidos tradicionales a través de Sanguinetti, Lacalle y Batlle.

Entonces, es tiempo de que las ideas y los métodos de estos estadistas que nos devolvieron un país serio, se eleven a doctrina por su respectiva colectividad.

Sembrar doctrina conjuga la mejor palabra de todo cumpleaños: mañana. Ese mañana contiene mucho más que 80 años. Conlleva un pedazo de lo que tenemos de eterno.

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