Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

La alguacil, el abogado y ...

Claro que en el Uruguay y en el mundo pasaron muchos hechos trascendentales en las dos semanas que transcurrieron desde nuestra última columna!

Claro que en el Uruguay y en el mundo pasaron muchos hechos trascendentales en las dos semanas que transcurrieron desde nuestra última columna!

Pero ni el paso de los días, ni la matanza continua en Siria ni la carnicería en Manchester ni el asesinato masivo de cristianos coptos, nada, absolutamente nada, nos acalla ni mitiga el dolor por la alguacil asesinada a sangre fría -no “ejecutada”- cuando recorría las escasas cuadras que separaban su Juzgado de su casa, en la serenidad apacible de un atardecer en su San José de Mayo natal.

Y nada, absolutamente nada, nos borrará de la retina la muchedumbre que llegó al cementerio maragato, convocada solo por el pesar, sin banderas, sin proclamas, con todos hermanados en el repudio al crimen.

Vibraron allí los sentimientos y los principios esenciales de la persona espontánea, anterior a los libros y a las divisiones, que sigue siendo la piedra fundamental de la Constitución y de ese Estado de Derecho que los más nos empeñamos en reedificar. Se regresó a la solidaridad básica. En el padrenuestro rezado por los creyentes y acompañado en silencio por los no creyentes, recuperó su hondo sentido griego el adjetivo “católico”, que quiere decir “universal”. Ante el horror, en ese rincón de nuestro Uruguay el alma gritó que no somos una isla de intereses contrapuestos y que nos sigue unificando la ambición de paz y la angustia ante las canalladas.

Tres días después del sepelio, la Policía y la Justicia dieron por aclarado el homicidio como resultado fatal de una rapiña frustrada. Pero nuestro ánimo se resiste a computar esta muerte como un caso más, “normal” dentro de la anormalidad vigente. Por estar saliendo de su trabajo de alguacil -brazo de confianza de la Justicia-, la señora Susana Odriozola se incorporó a la nómina de mártires de nuestro mundo forense. Se nos recorta, ya indeleble, sobre el recuerdo de Enrique Sayagués Laso, Maestro de Derecho Administrativo; Mariflor Contreras -Juez, hija del desterrado escritor español Francisco Contreras Pazo-, Ana Brea -alguacil-, Rafael Inchausti, abogado…

La lista no se termina. Sigue en cualquier instante. Lo confirma el ataque salvaje que pudo costarle la vida al Dr. Gustavo Bordes y que nos merece el mismo horror que el crimen de San José y la misma condena que toda la sangre inocente que afrenta a nuestra vocación de paz y nuestro Estado de Derecho. Lo confirman también las amenazas de estas horas contra jueces y fiscales.

Frente a semejante cuadro, si nos conmueve la condición judicial o letrada de los muertos y los amenazados, no es porque quienes trabajamos por el Derecho esperemos privilegios. Nada de eso. Es porque en la cercanía de los fogonazos se nos patentiza la miseria y la volatilidad de lo humano, pero también la grandeza y la permanencia de la misión del Derecho.

Regulador mayor de la convivencia, es una enfermedad de esta época reducirlo a técnica de meros “operadores”, juego de “tuya y mía” y argumentación indiferente a los resultados. Para regir, el Derecho debe ser compromiso del espíritu y los huesos, porque en su vigencia nos jugamos los huesos y el espíritu.

Sentirlo así es la responsabilidad que, en la soledad de las conciencias, nos debemos todos los ciudadanos, por incondicionada exigencia de nuestra profesión universal de hombres.

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