Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

“¿Hasta cuándo...?”

El oficialismo convocó a la Cámara de Representantes para ayer 1º de enero y hoy sábado 2. ¡¿Cómo?! ¿En el país de atorrantes que definió Mujica, sus cofrades se convirtieron al trabajo redoblado? No, ¡qué va!

El oficialismo convocó a la Cámara de Representantes para ayer 1º de enero y hoy sábado 2. ¡¿Cómo?! ¿En el país de atorrantes que definió Mujica, sus cofrades se convirtieron al trabajo redoblado? No, ¡qué va!

Es que el déficit de Ancap le sopla en la nuca al gobierno. En especial al Ministro Astori, cuya continuidad protagónica se exhibió como super-oferta en las esquinas de las góndolas preelectorales, haciéndolo fungir de suprema garantía.

Ayer fueron y hoy irán, solícitos, los diputados situacionistas, corriendo por las calles montevideanas, sin gente ni ómnibus pero llenas de mugre, con el ejército -llamado en auxilio por el Intendente Martínez- intentando recoger en pocos días un desparramo de basura que simboliza un cuarto de siglo de caída progresiva.

Fueron e irán, raudos, a perdonarle a Ancap lo que le debe al Estado por haberse anotado el récord mundial del fracaso: explotar el monopolio de la refinación de petróleo en baja, vender la nafta más cara que se conoce y sin embargo fundir a la empresa.

Allá fueron e irán, a levantar manos obedientes para que el tema se cierre sin que la ruina le cueste el cargo a ningún atornillado.

Ahora bien. Difuminar los costos en Rentas Generales es trasladarlos pero no es solventarlos. Por tanto, se vote lo que se vote en estas horas, la luz roja no se apagará en la memoria ciudadana: la deuda nos queda a todos. Y todos -hayamos votado colorado, blanco, frenteamplista o independiente- debemos sentirnos llamados por los déficits que no enjuga ninguna prestidigitación, que son déficits del Derecho en el caso de Ancap en el Plunagate, en las sociedades anónimas sustraídas al contralor del Tribunal de Cuentas, en el ataque mayúsculo al Poder Judicial y en la larga retahíla de rubros en que viene degradándosenos la vida: son déficits nada menos que en el imperio de la Constitución.

Esas falencias patentizan que nuestros problemas son estructurales, pero no por fincar en la estructura de la economía o de la sociedad, como predican los materialismos cuyo fracaso hoy sufrimos. Pertenecen a la infraestructura de la cultura y el Derecho, que a muchos les parece abstracta e insignificante, pero es tan necesaria para las naciones como imprescindible es el aburrido y abstruso cálculo de estructuras para que los edificios no se derrumben.

Las fallas radican en la caída de la sensibilidad cívica. Son el resultado de que a los gubernistas la capacidad de respuesta se la expropian los dogmas ideológicos que, en nombre de la unidad, les imponen silenciar sus repugnancias naturales y asfixiar su conciencia. Son el producto de reemplazar el pensar activo y libre por la repetición de consignas y la promoción de obsecuencias. Son el fruto pasmado de aceptar los hechos repasando encuestas y de acallar los sentimientos entregándose sin luchar, en vez de debatir a cielo abierto para que los males se frenen y las cosas cambien.

En definitiva, son déficits que, como una enfermedad insidiosa, han venido creciendo en la persona, pasivizada frente a “los operadores del sistema”. Pero ese modo de vivir va a contramano de los mandatos constitucionales que a cada uno le garantizan sus derechos individuales pero le otorgan y le reclaman, además, el ejercicio de sus competencias ciudadanas.

La Constitución es una apuesta a la libertad creadora de la conciencia orientada, valorativa. Se la viola, pues, cada vez que esa conciencia se adormila o se silencia ante la transgresión de principios: cada uno de nosotros -los pocos que hacemos Derecho por profesión y los muchos que lo aman por vocación de libertad y justicia- tiene la obligación socrática de mantener despierta la conciencia, para ser en la República “un tábano sobre un caballo noble que, siendo lerdo por su tamaño, necesita que lo aguijoneen”.

No es cosa, pues, de dar por enterrado al muerto e irse a dormir. En cada rincón debemos reclamar que funcionen los resortes republicanos, efectivizando las responsabilidades que impone el Derecho Administrativo, rama trascendental del Derecho, cuya matriz generó, ya desde la Constitución de 1918, la alta singularidad nacional de nuestros Entes Autónomos, de los cuales ha sido, y deberá volver a ser, buque insignia esta Ancap que hoy hay que sacar de varadura con las angustias y vergüenzas de quien va a rescatar a un pariente descarriado.

Son muchos los goznes que hemos dejado aflojar. Como país, hace años que cometimos el pecado primordial: bajar la guardia. A la vista de los platos rotos, debemos unirnos los discrepantes para recuperar juntos la capacidad de pensar por encima de las casillas políticas y los muros entre izquierdas y derechas. El país necesita que funcione el Derecho, entero y para todos, recuperando los sentimientos normativos, que son una forma superior de amor al prójimo. Todos juntos debemos recobrar el sentido del absurdo y el ridículo, sin el cual no hay Derecho posible.

Y en todos debe resonar la voz de Cicerón espetando: “¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? ¿Por cuánto tiempo tu locura se burlará de nosotros? ¿Hasta qué extremos ha de llegar tu audacia desenfrenada?”.

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