Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

El molesto es José Pedro

A quién le molesta una estatua de la Virgen María? Esta pregunta, dicha con buena fe e ingenuidad por muchas personas, revela uno de los tantos equívocos de este debate desenfocado.

A quién le molesta una estatua de la Virgen María? Esta pregunta, dicha con buena fe e ingenuidad por muchas personas, revela uno de los tantos equívocos de este debate desenfocado.

La cuestión no es de molestias o agrados personales, es un tema de principios que, si a alguien molestaría, es a José Pedro Varela, inspirador de nuestra escuela pública “laica, gratuita y obligatoria”, que ha sido base fundamental de nuestra organización republicana. En sus bancos, sin adoctrinamientos dogmáticos, se aprendió la tolerancia en el respeto recíproco a todas las creencias.

Un segundo equívoco es no asumir en sus consecuencias el planteo realizado. La Iglesia viene practicando en ese espacio verde de nuestra rambla unos rezos al aire libre, que congregan público creciente. Esto es el libre ejercicio de la libertad de cultos, como cuando se hace una procesión, por ejemplo. Ahora bien: si en ese lugar se instala una estatua de la Virgen María, se consolida el lugar como exclusividad católica, quedando definitivamente identificado. Pasa a ser una iglesia a cielo abierto. El lugar sería apropiado entonces por una religión en particular, la católica en este caso, pero sería lo mismo para cualquier otra.

Esto es muy claro, conceptualmente muy claro. No se trata de instalar una imagen en una esquina de barrio o cualquier otro destino análogo, que probablemente no habría generado ningún rechazo. Es transformar un espacio público muy notorio en lugar permanente de culto. Desgraciadamente, esta circunstancia, que es el núcleo del debate, se ignora paladinamente, reduciéndolo todo a una falsa oposición entre partidarios y antagonistas de la Virgen María. Como si quienes rechazamos la idea tuviéramos alguna animadversión particular contra esa figura simbólica que inmortalizó Miguel Ángel en su “Pietá”.

Los equívocos siguen. El Cardenal Sturla, cuyos esfuerzos por levantar una Iglesia con menos fieles y menos bautismos son muy respetables (y hasta plausibles para quien no es creyente), dice ahora, ante la decisión de la Junta Departamental, que no aceptar la instalación de la estatua constituye un acto de “discriminación ante la comunidad católica”. No hay tal cosa, la autoridad pública simplemente no ha aceptado una instalación permanente de una imagen que sería, sin duda, “discriminatoria” para el resto de los ciudadanos que no profesan su fe. El Estado “no sostiene religión alguna” y eso supone una neutralidad absoluta del espacio público y una acción imparcial frente a los cultos. No está contra las religiones, al punto que exonera de impuestos a los templos, pero debe vigilar su equilibrio.

Esa es la laicidad y así ha sido practicada desde las escuelas hasta la universidad pública, con pacífica escrupulosidad. “La laicidad, ADN de la identidad uruguaya”, rezaba un titular de la Iglesia para el llamado “Atrio de los Gentiles” en que tuve el honor (y la alegría) de participar hace un tiempo. Esa república laica y tolerante ha singularizado a nuestro país y constituido un real éxito del espíritu de libertad de conciencia.

Nunca hemos sentido a un católico uruguayo que se sintiera discriminado por serlo. No es bueno por ello lanzar ahora ese concepto para enredar aún más un debate confuso y generar pasiones negativas. Invocar la discriminación es excitar rencores que no deberían tener espacio en un debate maduro y respetuoso.

Me siento libre de cualquier acusación de antirreligiosidad o anticlerica- lismo cuando propuse -siendo Presidente- la permanencia de la Cruz como vestigio “histórico” de la primera visita de un Papa al Uruguay. Asimismo, contribuí a consolidar la instalación de la Universidad Católica y, desde nuestra primera presidencia, el Estado colaboró en la restauración de iglesias importantes. O sea que la laicidad se venía aplicando como es su esencia, con tolerancia. En ese contexto históricamente exitoso, ha sido una lástima introducir este debate y prolongarlo, generando un mal sentimiento. La persistente insistencia tiene un aroma de revancha contra el “balde laicista” que se ha mencionado con agravio para nuestra tradición liberal.

Será hora, por tanto, de replegar banderas y vivir con calma nuestra plena libertad religiosa y esa abstención religiosa del Estado que ha sido la garantía para todos, empezando para la propia Iglesia Católica.

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