Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Mirando la campaña

Está transcurriendo una campaña electoral inusual. No hay la movilización callejera de otrora, tampoco debates formales entre los candidatos y si existen algunos buenos programas televisivos como “Código País”, ninguno es tan central como era el de Neber Araújo, donde “pasaban cosas” y se escribía la historia. Por eso, todo transcurre a través de la intermediación periodística en los informativos y de las famosas encuestas, que la gente sigue con fruición, entreverando números de una empresa con números de otra, en un vaivén de “subió un punto”, “bajó dos”, que usualmente compara peras con manzanas.

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El Frente Amplio arrancó como partido oficialista, explicando sus resultados. Le iba muy mal. Volvió entonces, rápidamente, a su vieja tradición. Se pasó a la oposición, igual que hace diez años: por un lado promete el paraíso, mientras por otro se dedica a hacer oposición al gobierno virtual del Dr. Lacalle. Es una impostura política y propagandística que esperemos no

Está transcurriendo una campaña electoral inusual. No hay la movilización callejera de otrora, tampoco debates formales entre los candidatos y si existen algunos buenos programas televisivos como “Código País”, ninguno es tan central como era el de Neber Araújo, donde “pasaban cosas” y se escribía la historia. Por eso, todo transcurre a través de la intermediación periodística en los informativos y de las famosas encuestas, que la gente sigue con fruición, entreverando números de una empresa con números de otra, en un vaivén de “subió un punto”, “bajó dos”, que usualmente compara peras con manzanas.

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El Frente Amplio arrancó como partido oficialista, explicando sus resultados. Le iba muy mal. Volvió entonces, rápidamente, a su vieja tradición. Se pasó a la oposición, igual que hace diez años: por un lado promete el paraíso, mientras por otro se dedica a hacer oposición al gobierno virtual del Dr. Lacalle. Es una impostura política y propagandística que esperemos no tenga el buscado éxito de confundir a la ciudadanía.

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Estos días se ha publicitado la dificultad del Casino de Carrasco para convocar público. Es explicable: todo el país se ha transformado en un casino y pululan “maquinitas” en bares, clubes deportivos y hasta farmacias. Todo es ilegal, pero luego de un tiempo de perseguirlo, al amparo de la campaña, se le ha dejado prosperar. Naturalmente, al pobre comerciante que lucha denodadamente con impuestos y ladrones, le vienen como llovidos del cielo los pesitos que le dejan los organizadores del juego clandestino, pero -aun entendiendo esa situación- esto no puede seguir así.

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Si sumamos “maquinitas” por doquier y ahora marihuana bendecida, nos encontramos con una nube de tormenta sobre el futuro de nuestra juventud. Todos los días se acumulan evidencias de los daños neurológicos del consumo de cannabis, pero aquí se hace como que nada pasa. Estos días, ”El País” publicó las conclusiones de una investigación australiana, recogida en la prestigiosa revista “The Lancet Psychiatry”, pero allí quedó. Mientras tanto, profesores y maestros nos dicen –horrorizados- que ven adolescentes salir presurosos de los liceos rumbo a esos lugares donde la maquinita se asocia a la marihuana, combinando así los factores explosivos del bajo rendimiento escolar.

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La doble vuelta electoral nació para que la ciudadanía se canalizara en grandes corrientes y el Presidente llegara a su cargo ungido por una mayoría real. La primera vuelta define el Parlamento (nada menos) y registra la opción preferida por el ciudadano, que vota a su partido, a veces solo con el corazón, pero a su partido. En la segunda, ya no hay partidos sino dos candidatos y el ciudadano debe optar razonadamente: buscará lo más afín y se decidirá. Por esa razón, es un error ese “ballotage” anticipado que hace mucha gente pensando que, por ejemplo, en su rechazo al gobierno frentista, encuentra que lo mejor es votar de entrada a quien supone mejor posicionado, sea quien fuere. De ese modo se entra en la irrealidad y no se va conduciendo a la ciudadanía a que opte adecuadamente. De ahí puede resultar que un porcentaje minoritario pero decisivo se pierda, como ha pasado ya. Se estima que entre un 10% y un 14% de ciudadanos de los dos grandes espacios políticos no vota en la segunda vuelta al candidato de su “familia”, precisamente porque no fue llegando a la decisión pausada y razonadamente.

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La UNICEF abusa y miente en su campaña propagandística contra la baja de imputabilidad. Abusa, porque un organismo internacional no está autorizado, bajo pretexto alguno, a introducirse en una campaña electoral, cuando los diversos partidos tienen posiciones discrepantes. Miente, porque habla de “encarcelar” menores con delincuentes comunes cuando expresamente dice el proyecto que “el Estado asegurará la existencia de un Servicio Descentralizado dedicado exclusivamente a la internación y rehabilitación de los delincuentes menores de dieciocho años”.

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El prometido “país de primera” exhibe sus llagas: los resultados educativos son catastróficos; las rapiñas, que duplican las de hace cinco años, en 2013 ocurrieron a un ritmo de 37 por día y en estos meses llegamos a 55 diarias; el episodio PLUNA sigue agregando notas al escándalo y -sin el menor rubor - el Ministro procesado se postula a diputado; ANCAP esconde sus pérdidas y tendrá que explicar cómo violó un contrato oficial con Ecuador para entregarse a un intermediario que había sido expulsado de aquel país; los escándalos de ASSE y viviendas desnudan cómo el Estado ha renunciado a gobernar en rubros cruciales, delegando potestades en sindicatos que fueron ganados por la corrupción; y etcétera, etcétera.
¿Podrá haber dudas sobre la necesidad de un cambio?

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