Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti

Algo más que un cambio

Se ha hecho público (afortunadamente se hizo público) el intento de adoctrinamiento de un libro para 6º año de escuela escrito por la profesora Silvana Pera, una activa productora de textos que procura por todos los medios desvalorizar los sistemas democráticos y exaltar los marxistas.

Se ha hecho público (afortunadamente se hizo público) el intento de adoctrinamiento de un libro para 6º año de escuela escrito por la profesora Silvana Pera, una activa productora de textos que procura por todos los medios desvalorizar los sistemas democráticos y exaltar los marxistas.

Lo hace a veces por acción, en otras por omisión; en ocasiones abiertamente, las más de las veces subliminalmente. Por ejemplo, cuando ahora, en este comentado texto, titula un capítulo “Tiempo de dictadura. 1960-1985”, está claramente induciendo a pensar que ya en los años 60 se vivía una dictadura y que, en consecuencia, los tupamaros -con su acción violenta- no procuraban la caída de las instituciones democráticas sino lo contrario. ¿Esto es laico y republicano, como dice la representante de la editorial? En cambio, la autora fue bien explícita en el libro de economía de 2015, cuando afirmaba que los gobiernos “neoliberales de la restauración democrática” obedecían al “objetivo estratégico de alterar la relación de fuerzas existentes en beneficio del capital”, añadiendo luego que fueron de dudosa condición democrática. Un agravio a quienes hemos dedicado la vida a luchar por la democracia, como no lo han hecho la mayoría de los grupos intelectuales que revistan en el marxismo.

El texto que hoy se debate no es oficial y por ello en buena hora no circula en la educación pública. En Montevideo, solo 9 de los 55 institutos privados lo han recomendado, pero la propaganda es muy activa y hasta prestigiosas librerías lo recomiendan en desmedro de otros textos. Cada escuela es libre de elegir el que quiera, pero esa libertad se confronta con la nuestra, la de los ciudadanos, de alertar sobre su contenido, cuando este supone pérdida de honestidad. Ni siquiera digo objetividad, ya que ella es imposible en estado perfecto, pero sí -por lo menos- la “intención de verdad” que debe respirar cualquier texto. Máxime cuando se destina a la mente ingenua de niños de 11 o 12 años.

La intención propagandística es obvia. Cuando se trata de explicar el comunismo, se le dice a esos niños de 6º año de escuela: “Quizás te ayude el siguiente ejemplo para acercarte a la idea de la sociedad comunista. ¿Conoces a los Pitufos? Son una comunidad que viene en una aldea. Todos tienen acceso a la vivienda. Nadie pasa hambre. El pozo de agua es para uso colectivo, no es de nadie y es de todos. Todos tienen obligaciones con la comunidad, por ejemplo ocuparse de aquello que saben haber. Pitufo cocinero cocinará, Pitufo carpintero arreglará lo que se rompa, y así cada uno de la comunidad aporta con su trabajo y recibe del trabajo de los demás. El comunismo podría ser una situación similar a esto”.

Como se advierte, el paraíso. Y para que nadie se llame a engaño o se distraiga, se publica un dibujo a color del mundo de los Pitufos. Por supuesto, no se dice que esa utopía terminó en dictaduras totalitarias, sin libertades públicas de clase alguna y el más represivo y sangriento de los regímenes, con los Stalin y los Lenin que superan al diabólico Hitler en la cantidad de sus matanzas.

Podríamos seguir con el libro, pero el tema de fondo es que no estamos ante un episodio accidental. Hace años que el Uruguay democrático batalla contra esta falsa reescritura histórica. En 2008, hubo que cuestionar el programa de historia del mismo 6º año escolar que instalaba el flechamiento ideológico del que hablamos. Se mencionaba la revolución rusa, pero no su estrepitosa caída; todo un capítulo estaba dedicado a la teoría de la “dependencia económica”; por supuesto, se hacía un capítulo sobre la relación de las dictaduras latinoamericanas pero se omitía prolijamente la de los movimientos guerrilleros que, inspirados en Cuba -y promovidos desde allí-, intentaban hacer de los Andes una Sierra Maestra, como proclamó Fidel en su tiempo. Cuatro años después hubo que cuestionar el libro de ciencias sociales del mismo grado escolar, caratulado con el Che y el Dr. Vázquez, libro que hasta ubicaba a la guerrilla como una respuesta a la “corrupción existente en el régimen de gobierno”. Por supuesto, como es sistemático, al hablar del golpe de Estado se borroneaba convenientemente el 9 de febrero y la adhesión de todo el Frente Amplio a los comunicados militares.

El propio Instituto Nacional de Evaluación Educativa, al analizar los procesos de formación curricular durante los años 2006 a 2008, llegó a decir que se diseñaron para “diferenciarse de las administraciones educativas anteriores”, con “motivaciones de índole principalmente política e ideológica”. Esta es la madre de esta tergiversación horrorosa que se vive en la enseñanza primaria, donde se incluyó la polémica “historia reciente” exclusivamente para endulzar la barbaridad tupamara y hacerles creer a los muchachos (cosa que en buena medida han logrado) que luchaban contra la dictadura y no contra la democracia que intentaban derribar.

El tema es a esta altura existencial. Lo hemos dicho una y otra vez. De nada sirven más dinero y mejores infraestructuras e instituciones educativas cuando no se están formando ciudadanos para un mundo globalizado y de economía de mercado, conscientes además de los valores que construyeron nuestra democracia. El “lavado” sigue y sigue, persistentemente. Día a día. Y en ese proceso de transformación cultural, el Uruguay deja de reconocerse a sí mismo mientras se aleja, paso a paso, de los caminos de la modernización.

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