Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Plaza Zabala

Ha causado justificado revuelo la noticia en El País del 22 de febrero de que la Intendencia Municipal de Montevideo, ese inagotable volcán de ideas luminosas, proyectaba instalar una “feria europea” en la Plaza Zabala.

Ha causado justificado revuelo la noticia en El País del 22 de febrero de que la Intendencia Municipal de Montevideo, ese inagotable volcán de ideas luminosas, proyectaba instalar una “feria europea” en la Plaza Zabala.

El proyecto consistiría en una feria alimentaria que funcionaría dos días en la semana (como si no fuera una bendición suficiente para los vecinos de las ferias el tener una en la puerta durante un día a la semana).

Claro, no sería una feria cualquiera. La misma Intendencia que pavimentó con hormigón gris a las veredas del barrio histórico (dándole al histórico paisaje una perfecta uniformidad penitenciaria) no podría conformarse con una feria común. El proyecto, trascendió, tendría “una lógica de feria modelo, un producto que podría ser turístico, atractivo, que libere calles y ocupe un lugar de convivencia”.

La feria proyectada, se dijo “no puede ser una reproducción mecánica de lo que hoy tenemos como feria en ese entorno; sería algo prolijo, atractivo que invite a los turistas a comprar algo fresco y seguir caminando”.

Nos imaginamos las muchedumbres de turistas recién desembarcados de los cruceros atracados en el puerto abalanzándose sobre los puestos de la “feria europea” para comprar un kilo de boniatos y medio de tomates (solo medio kilo, porque el precio de estas exóticas hortalizas ha aumentado considerablemente) para complementar la magra alimentación que reciben a bordo.

Es difícil imaginar cómo es posible que una feria que ocupe dos veces por semana la estrecha Circunvalación Durango pueda liberar esa misma calle y las adyacentes.

La Plaza Zabala (por muy buenas razones históricas) está ubicada en un punto estratégico de la península, donde convergen las calles Washington, Solís, Alzáibar y Rincón. También está próxima a otras cuatro calles clave: 25 de Mayo, Cerrito, Sarandí y Buenos Aires. Por lo tanto, el proyecto no solamente perjudicará el entorno de la plaza, sino que también tendrá consecuencias negativas para el tránsito en el espacio más amplio de la ya congestionada Ciudad Vieja.

Las tradicionales, y esenciales, ferias vecinales tienen su logística.

Por un lado están los cajones, estructuras para los puestos, toldos y camiones de los queseros, los vendedores de pescado, chacinados y otras mercaderías que conforman la feria misma y que suelen ocupar una o dos calles. A ello se agrega el entorno de la feria que incluye el estacionamiento de los camiones y ómnibus veteranos adaptados que transportan los cajones con las frutas y hortalizas. En la tarde, al terminar la feria, está la limpieza del lugar, que suele tomar sus buenas horas. Finalmente, se encuentra la inevitable feria informal que florece en torno de la formal (recordemos aquí los problemas que está teniendo la Intendencia con los “manteros” instalados en la peatonal Sarandí).

La mejor crítica del proyecto la formuló la dueña de uno de los puestos de la feria de Alzáibar. Consultada sobre la idea preguntó: “¿Cómo haríamos para meter los camiones? Acá ya estamos muy encerrados”. Muy sensato.

El proyecto, además de ser totalmente innecesario, arruinará la Plaza Zabala y su entorno, uno de los lugares clave del patrimonio cultural e histórico de nuestro país, y uno de los sitios mejor cuidados y más bonitos de nuestra Ciudad Vieja.

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