Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

La mancha de hormigón

La ola de denso hormigón gris continúa avanzando por la Ciudad Vieja con una energía y, seguramente, un costo digno de mejor causa. Sin muchas explicaciones de quienes deberían darlas.

La ola de denso hormigón gris continúa avanzando por la Ciudad Vieja con una energía y, seguramente, un costo digno de mejor causa. Sin muchas explicaciones de quienes deberían darlas.

Puede discutirse si la decisión de la Intendencia significa, o no, un atentado contra el patrimonio cultural común que es el barrio histórico de Montevideo.

Pero, seguramente todos estaremos de acuerdo en que reemplazar con hormigón las actuales veredas, incluyendo tanto a los losetones de granito como a las veredas de otros materiales (aunque estén en buen estado), significa un cambio profundo para la Ciudad Vieja. Un cambio que tiene tres grandes consecuencias: primero, destruye parte del patrimonio histórico de larga data del barrio (los losetones de granito no los pusieron ayer); introduce un fuerte elemento de uniformidad que atenta contra la diversidad intrínseca de un barrio histórico; y contribuye a borrar un paisaje heredado que forma parte de la memoria histórica que es la esencia del barrio.

Lo mejor de todo es que el objetivo de asegurarle al transeúnte veredas cómodas y seguras podría haberse conseguido de una manera eficaz y, probablemente, a menos costo que cometiendo este atropello. A no ser que se sostenga que un pedazo de hormigón es más resistente al paso del tiempo que un losetón de granito, ya que no es así. Los dos materiales necesitan cuidado y mantenimiento, con la diferencia que el granito es mucho más sólido, estético y armónico con el paisaje del barrio.

Pero las razones detrás del hormigón serían otras.

Hasta ahora, la única explicación de la burocracia citadina es que el hormigón sería “la mejor alternativa para evitar el ‘cambalache’ de veredas de todos colores y calidades” (El País, 5 de noviembre). Por lo tanto, el motivo para desarraigar las veredas tradicionales y reemplazarlas por una capa de gris y opaco hormigón no parecería tanto ser el costo sino una cuestión de principios: la variedad del barrio histórico, que es el producto de la interminable acumulación del aporte de generaciones, sería un “cambalache” que debe ser erradicado.

Es un razonamiento preocupante.

La esencia de la Ciudad Vieja es ser una memoria, una diversidad, una acumulación anárquica de testimonios de nuestra historia.

Para algunos, esa variedad puede ser un cambalache, un desorden. Pero, para quienes saben ver, la Ciudad Vieja ofrece un armónico paisaje formado por los aportes realizados por generaciones de vecinos, la mayoría de ellos anónimos. Ahora, en aras de un “orden” que no se define, se sepulta esa memoria colectiva, se la condena al olvido debajo de una capa gris, homogénea y amnésica de hormigón. ¿Hasta dónde pretende la Intendencia extender su fobia anticambalache?

La medida merece una discusión profunda. La Ciudad Vieja es el principal conjunto arquitectónico histórico del país. Por ese motivo, es aconsejable pensar muy bien antes de introducir cambios fundamentales en ella. Por algo existen las normas, los procedimientos y los organismos especializados.

Por ello sería útil que se difundiesen, como un aporte para un intercambio de ideas constructivo, los dictámenes que emitieron antes del inicio de estas obras la Comisión Permanente de la Ciudad Vieja y la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación.

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