Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Estación Central

La Justicia desestimó la demanda contra el Estado presentada por un empresario, por la concesión de la antigua Estación del Ferrocarril Central. La historia de este proceso, que comenzó en 1999, es demasiado larga, complicada y frustrante. Lo que nos importa es la situación actual del edificio y la playa de maniobras, su conservación antes de que irreversiblemente se convierta en otro monumento nacional decaído en tapera (recuerden el triste destino de la Casa de Antonio Pérez), y su rescate para beneficio de las generaciones presentes y futuras.

La decisión judicial es una sentencia de primera instancia. Bien podría quedar por delante un largo camino judicial hasta llegar a una resolución final del litigio. Quizás el pro Secretario de la Presidencia se precipitó cuando dijo que después de la sentencia "podemos pensar con otra cabeza qué vamos a hacer con la Estación Central de AFE, porque todo el análisis estaba trancado debido al juicio". Aunque, si lo pensamos bien, su afirma

La Justicia desestimó la demanda contra el Estado presentada por un empresario, por la concesión de la antigua Estación del Ferrocarril Central. La historia de este proceso, que comenzó en 1999, es demasiado larga, complicada y frustrante. Lo que nos importa es la situación actual del edificio y la playa de maniobras, su conservación antes de que irreversiblemente se convierta en otro monumento nacional decaído en tapera (recuerden el triste destino de la Casa de Antonio Pérez), y su rescate para beneficio de las generaciones presentes y futuras.

La decisión judicial es una sentencia de primera instancia. Bien podría quedar por delante un largo camino judicial hasta llegar a una resolución final del litigio. Quizás el pro Secretario de la Presidencia se precipitó cuando dijo que después de la sentencia "podemos pensar con otra cabeza qué vamos a hacer con la Estación Central de AFE, porque todo el análisis estaba trancado debido al juicio". Aunque, si lo pensamos bien, su afirmación tampoco es demasiado tranquilizadora porque todo el asunto es el resultado de dos sonoros fracasos de la burocracia estatal: el del Plan Fénix, cuyo propósito era rehabilitar el barrio de La Aguada, y el del ferrocarril, especialmente el ferrocarril de pasajeros.

En junio, la Intendencia desalojó a un grupo de personas que se había instalado en la amplia galería a lo largo de la fachada del edificio. Poco después, se produjo un incendio en los depósitos de la Estación, ubicados sobre la calle Paraguay. Se informó que habían sido dañados unos 15 metros de la primera planta del local. La Dirección Nacional de Bomberos opinó que se trataba de "una estructura fuerte". Pero no se necesita mucha imaginación, ni experiencia con edificios antiguos, para saber que la combinación de abandono por el ser humano, deterioro por la acción naturaleza y la presencia de intrusos tiene consecuencias fatales aún para la más saludable de las estructuras.

La Estación Central, inaugurada en 1897, en otro Uruguay, es un testimonio de la historia agropecuaria e industrial de nuestro país y un recuerdo de las generaciones que la construyeron y trabajaron en ella por décadas. La patria se hizo a caballo, pero también a ferrocarril.
De poco le ha valido a la Estación Central haber sido ser declarada monumento histórico nacional en 1975.

Pero, lo más preocupante es que lo que sucede con la Estación no es el único ejemplo de uruguayez. La Estación es un símbolo extremo de un mal más general. Hace unos días El País reveló las dificultades porque atraviesa el Museo Blanes: faltan detectores y alarmas, no hay fondos para restaurar cuadros, entre ellos el emblemático "Juramento de los Treinta y Tres".

La Estación Central está abandonada, las fachadas de ladrillo de las construcciones laterales descascaradas y cubiertas de vegetación, la playa de maniobras desmantelada. Todo ante la vista y paciencia de una sociedad civil que parecería indiferente a lo que sucede con su importante patrimonio histórico y cultural.

La lección de este episodio es que la eficaz defensa de ese patrimonio no puede depender de las buenas intenciones de los gobiernos o de la burocracia. Ella debe ser el resultado de la cultura e iniciativa de una sociedad que vela celosamente por una herencia que le pertenece a las generaciones presentes y futuras.

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