Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

La esencia del régimen

El bolivarianismo venezolano, cuya figura de proa es Maduro, ha consumado el golpe de Estado ideal. El poder efectivo reside en las manos del Poder Ejecutivo y de las fuerzas armadas (un verdadero gobierno cívico-militar o, a veces parecería, militar-cívico) que controlan el Poder Judicial, la Asamblea Nacional Constituyente (que ha reemplazado en la práctica al Poder Legislativo), el Consejo Nacional Electoral (equivalente de la Corte Electoral en nuestro país), y la Fiscalía. Sobreviven, todavía, la Asamblea Nacional (el Poder Legislativo constitucional) y algunos de los gobernadores (20 de las 23 gobernaciones ya se encuentran en manos del gobierno) y alcaldías.

La realidad es que el régimen ha demostrado estar dispuesto a imponer su voluntad a pesar de la protesta popular y los más de cien muertos en las calles.

En ese escenario, no puede esperarse demasiado de las elecciones regionales, el 15 de este mes. Sobre todo si consideramos la falta de garantías durante el proceso electoral (el Consejo Nacional Electoral es una sucursal de la presidencia venezolana), y el poder absoluto de la Asamblea Nacional Constituyente para remover a quien le plazca. El panorama parece ser aún menos prometedor para las próximas elecciones presidenciales, en el 2018. Seguramente para entonces, la fértil mente bolivariana habrá concebido algunas triquiñuelas realmente novedosas que harán avanzar notablemente a la ciencia y arte del golpe de Estado.

Esperemos que sea una estratagema algo mejor que el “plan conejo”.

Esa iniciativa del gobierno procura incentivar la cría y consumo de esos animalitos, como parte de su estrategia para enfrentar lo que denomina “guerra económica”. El gobierno entregó un primer lote de crías de conejos en los barrios pobres, para que las familias los engordaran y, llegado, el momento los faenaran. El problema es que los venezolanos son gente buena y generosa que se encariñó con los conejitos. Y ahora comparten su magra dieta con sus mascotas de orejas largas.

¿Cómo puede ser que uno de los países más ricos en recursos naturales, incluyendo petróleo, de la región, se enfrente a semejante crisis moral y económica?

La “guerra económica”, en la que se amparan Maduro y sus simpatizantes en el resto de América Latina -para justificar lo injustificable- es el resultado de la esencia del régimen bolivariano.

Un ejemplo de la naturaleza del régimen es la proliferación de empresas públicas resultado del proceso de estatización iniciado por Chávez. Un reciente informe de la ONG Transparencia Venezuela, revela que en el período 2001-2017, el Estado pasó de ser propietario de 74 empresas públicas a 526. Cuatro veces más que las que tienen Brasil (130) y Argentina (52). El chavismo y el madurismo han utilizado una variedad de instrumentos para consolidar “una estructura que ha servido para el manejo discrecional y poco transparente de enormes sumas de dinero, en perjuicio de la nación y sus ciudadanos”. Una estructura que incluye un lucrativo tráfico de divisas.

Las consecuencias son tremendas.

Así, la petrolera estatal Pdvsa (que tiene 114 filiales) ha pasado de exportar hidrocarburos a comprar refinados en el mercado internacional cuando tiene dinero para pagar por los embarques.

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