Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Cuidemos el cambalache

El Círculo de Estudios Ferroviarios del Uruguay (CEFU) y la Asociación Uruguay de Amigos del Riel organizan, para el 12 de diciembre, un viaje a bordo de un tren impulsado por una antigua locomotora a vapor construida en el año 1910 por la compañía inglesa Beyer Peacock & Co. y cuatro vagones fabricados en Holanda, en 1952. Todo reconstruido por los entusiastas.

El Círculo de Estudios Ferroviarios del Uruguay (CEFU) y la Asociación Uruguay de Amigos del Riel organizan, para el 12 de diciembre, un viaje a bordo de un tren impulsado por una antigua locomotora a vapor construida en el año 1910 por la compañía inglesa Beyer Peacock & Co. y cuatro vagones fabricados en Holanda, en 1952. Todo reconstruido por los entusiastas.

Durante el Día del Patrimonio, CEFU había proyectado un recorrido dentro del Puerto de Montevideo, cobrando un pasaje de $ 30 para cubrir los gastos de la máquina. Pero, informó a El País el vicepresidente de la asociación: “La Comisión del Patrimonio se opuso y no permitió que se cobrara en una actividad patrimonial”. Es encomiable el celo de nuestros burócratas. El problema es que las locomotoras necesitan combustible y que este no nace en los árboles. Así que no hubo paseo. ¿Qué se ganó con esto?

Esas y otras organizaciones de la sociedad civil dedican valiosos esfuerzos para conservar la memoria y el patrimonio histórico de nuestro país. Sus miembros trabajan en forma honoraria y aportan tiempo, trabajo y otros recursos. Sus actividades contribuyen a que nuestra sociedad cumpla con la responsabilidad intergeneracional básica, de transmitir la memoria de un pasado que nos une como nación. Hacen cosas buenas. Eso es mucho.

La experiencia demuestra que es un error esperar demasiado del Estado, la legislación para la protección del patrimonio cultural y los organismos públicos encargados de aplicarla. Indudablemente, son elementos importantes. Pero la verdadera fuerza de la lucha -que a veces parece caracterizarse más por las derrotas que por las victorias- para conservar aquel legado intergeneracional, se encuentra en la sociedad civil. Una sociedad culta y con sentido de sus raíces cuida su pasado, se encarga de que la burocracia haga lo que debe hacer y la apoya si es necesario.

En estos días el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo hizo un llamado a favor de los centros históricos de América Latina y el Caribe. Ello porque, escribió, “es una cuestión de respeto por nuestro pasado, pero es también una apuesta por el futuro”. Y agregó algo muy relevante: “Los centros históricos son mucho más que una colección de notables edificaciones antiguas. Revitalizarlos tiene sentido mucho más allá de su valor simbólico como huella de nuestro pasado. Con una gestión adecuada, esta joyas en desuso tienen el potencial de convertirse en fuentes de actividad económica para miles de emprendedores, y en fuentes para la innovación y las industrias creativas” (El País, 18 de noviembre).

Pero, para gestionar racionalmente un centro histórico primero es necesario que sobreviva tal concentración de edificios, calles, paisajes y memorias. Es decir, que persista la diversidad de contrastes que es un barrio antiguo. Eso que alguno describió como un cambalache.

Nuestro país tiene buenas experiencias en esta materia (Colonia del Sacramento y el Anglo, en Fray Bentos).

Sin embargo, en el barrio histórico de Montevideo, la Intendencia montevideana ha emprendido una campaña contra el cambalache que, según ella, representarían las veredas tradicionales. Las reemplaza por la anacrónica uniformidad del anónimo y amnésico hormigón.

Y nadie dice nada.

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