Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Un costo muy alto

Tradicionalmente, la independencia de las naciones se ha decidido en el campo de batalla, por la fuerza de las armas, y sin tener en cuenta el alto costo en vidas, sufrimiento y destrucción que solían involucrar las campañas para conseguir tan ansiado objetivo.

Aunque, inevitablemente, la factura llegara al día siguiente de izarse por primera vez la bandera nacional en la plaza principal de la capital del nuevo Estado soberano.

Europa tiene una memoria reciente de procesos de desmembramiento de Estados, en provincias o regiones que se conforman como nuevas entidades independientes y soberanas. En algunos casos el proceso fue pacífico (por ejemplo, la separación de las repúblicas Checa y Eslovaca, en 1993). En otros, el proceso ha sido extremadamente cruento. El ejemplo paradigmático es la desaparición de la antigua Yugoslavia.

Hoy, cualquier movimiento que pretenda la independencia de un determinado territorio que forme parte de un país miembro de la Unión Europea, enfrentará un doble desafío: conseguir su separación de hecho y de derecho del Estado del cual aún forma parte y, al mismo tiempo, asegurar su incorporación a la Unión.

La independencia de Cataluña aparejará la creación de un nuevo Estado que no será parte de los tratados que sirven de fundamento a la Unión. La consecuencia será que se hallará fuera del espacio común europeo y que sus anteriores límites administrativos como parte de España sean reemplazados por fronteras nacionales con aduanas, aranceles y controles de movimientos de personas, mercaderías y servicios. La nueva economía deberá internarse en el hostil océano de los mercados globales, bajo las reglas de la Organización Mundial de Comercio. Enfrentará las inevitables dificultades de negociar acuerdos de libre comercio. Ya no tendrá el Banco Central ni podrá recurrir a las instituciones financieras europeas por subsidios y ayudas de diferentes clases. A veces parecería que los independentistas catalanes no leen los diarios.

Hace unos meses, el Partido Nacional Escocés estudió convocar a un plebiscito para declarar la independencia de Escocia. Finalmente abandonaron la idea porque no encontraban suficiente apoyo. Entre los diferentes argumentos esgrimidos en contra de la propuesta se encontraba que significaba quedar fuera de la Unión Europea. Una Escocia independiente habría debido iniciar el prolongado proceso de ingreso en aquella. Un camino difícil porque requiere el acuerdo unánime de todos los Estados parte de la Unión.

La Unión Europea, a pesar de toda la retórica, es esencialmente una asociación de Estados nacionales.

Ninguno de sus miembros tiene interés en fomentar corrientes irredentistas que fragmenten sus territorios o los de sus demás socios, y creen situaciones de inestabilidad. Además, ninguno de esos Estados tiene interés en debilitar aún más la posición militar de la Europa occidental ante la amenaza de Rusia.

El jueves, los mandatarios de la Unión Europea descartaron cualquier intervención en la crisis catalana y respaldaron al Gobierno de España y el marco legal de ese país. El mensaje está claro.

Para colmo, la Bruixa dOr de Sort, la empresa administradora que más billetes de lotería vende en España, anunció que trasladará su sede social de Cataluña a Navarra y su sede fiscal a Madrid.

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