Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Capital humano

El destino de cada sociedad es determinado por la calidad de su gente. Por las características de su capital humano. La clave no se encuentra en el tamaño de la población (una población importante no siempre está asociada con altos niveles de desarrollo humano) sino en las características de esa población, incluyendo su cultura, sus valores, la capacidad de sus habitantes para enfrentar en forma constructiva los desafíos que siempre plantean las circunstancias.

El destino de cada sociedad es determinado por la calidad de su gente. Por las características de su capital humano. La clave no se encuentra en el tamaño de la población (una población importante no siempre está asociada con altos niveles de desarrollo humano) sino en las características de esa población, incluyendo su cultura, sus valores, la capacidad de sus habitantes para enfrentar en forma constructiva los desafíos que siempre plantean las circunstancias.

No es tanto el entorno el que crea las sociedades sino las sociedades las que construyen su entorno.

Una determinada sociedad puede encontrarse en una posición geográfica ventajosa y poseer grandes recursos naturales, pero ello de poco le valdrá si no cuenta, al mismo tiempo, con una población bien preparada para convertir todas esas promesas en realidades. En contraste, una sociedad compuesta por personas cultas puede enfrentar los desafíos más formidables y conseguir altos niveles de desarrollo humano aún si al territorio que ocupa está mal ubicado o carece de grandes recursos naturales.

Nuestro país es (y continúa siéndolo, aunque cada vez menos) un buen ejemplo de la importancia que tiene la calidad del capital humano, los aspectos cualitativos de la población, como elemento fundamental para el desarrollo económico y social.

Durante décadas la sociedad uruguaya invirtió esfuerzos considerables en mejorar un sistema de enseñanza. La importante inmigración aportó brazos y valores. El resultado fue una sociedad dinámica que se destacaba en nuestra región y que, confiadamente, aspiraba a compararse con los países europeos.

Hoy puede parecernos absurda la idea de construir una “Suiza de América”. Pero, en su momento, ella representó la confianza, ingenua quizás, de una sociedad joven y llena de vitalidad. La gran pregunta es ¿qué nos ha sucedido desde entonces para que hayamos pasado del ideal de compararnos con los mejores del mundo a una situación donde, para muchos, lo políticamente correcto es utilizar como referencia los modestas ejemplos ofrecidos por los demás países de nuestra región?

Un reciente estudio publicado por el Instituto Nacional de Estadística sobre los resultados de la encuesta continua de hogares 2014, demuestra hasta qué punto estamos desaprovechando el capital fundamental que representa la materia gris de nuestra gente.

El estudio concluye que mientras el 92,2% de las personas de 14 años de edad asisten a la educación, ese porcentaje disminuye rápidamente en los años siguientes: es el 79,9% en el grupo de edades de entre 14-17 años; 36,8% en el grupo 18-25 años; y 17,3% en el grupo de 26-29 años.

El “gran quiebre”, dice, “se observa entre los niveles educativos Medio Superior y Terciario: la asistencia a la educación del grupo de personas de 18 a 25 años es la mitad del grupo de 15 a 17”.

Esa caída de la proporción de jóvenes que estudia, que sucede en una época en que las sociedades requieren personas cada vez mejor calificadas, tiene muchas causas. Seguramente, una de ellas es que los jóvenes han perdido su confianza en la enseñanza media superior y terciaria como algo útil para su vida y optan por entrar al mercado de trabajo, con niveles de preparación más bajos. Ello empobrece a toda nuestra sociedad.

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