Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Votar en Montevideo

Este domingo se está votando: son las elecciones departamentales. Parece claro que estas elecciones son una cosa para el interior y otra para Montevideo. En el interior la mayoría de la gente vota para elegir un gobernante que se ocupe de los menesteres departamentales, es decir, mantener limpias las ciudades y los pueblos del departamento, cuidar la caminería rural, el cordón cuneta de los barrios periféricos y cosas por el estilo.

Este domingo se está votando: son las elecciones departamentales. Parece claro que estas elecciones son una cosa para el interior y otra para Montevideo. En el interior la mayoría de la gente vota para elegir un gobernante que se ocupe de los menesteres departamentales, es decir, mantener limpias las ciudades y los pueblos del departamento, cuidar la caminería rural, el cordón cuneta de los barrios periféricos y cosas por el estilo.

En Montevideo las cosas son diferentes. La mayoría de los montevideanos -que son frentistas- no vota en esta elección por quien mejor pueda administrar la ciudad. ¿Cuál es la explicación para una conducta tan absurda y autodestructiva? Parece tan irracional que muchos -enojados porque aunque no voten al Frente tienen que aguantar los corredores Garzón y otros estropicios- dicen: están tarados, votan en contra de sí mismos (y encima festejan). Una reflexión más calma abre mejores explicaciones. El hombre siempre persigue un bien para sí. Siempre. Falta averiguar cuál sea ese bien en este caso.

El grueso de los frenteamplistas de Montevideo no vota al candidato más apto para recoger la basura o cuidar los parques: meten su voto en la urna para suscribirse a una representación simbólica. Los montevideanos que políticamente son mayoría votan para confirmar una identidad, votan como pronunciamiento político en función de una representación simbólica. Y como el orden social tiende a reproducirse a sí mismo, votan y siguen votando así, a pesar de los desastres que hagan o hayan hecho sus candidatos.

No se trata solamente del caso de Montevideo; en muchos lugares del mundo y en muchas épocas se han librado batallas por imponer representaciones simbólicas. No siempre se puede determinar con claridad cómo se componen las banderas (los intereses) de las fuerzas que luchan, pero los resultados de esas luchas siempre influyeron en todos los integrantes de esa sociedad. De estas luchas por imponer representaciones simbólicas surgen enunciados que se presentan como verdades que se sostienen solas. Esas “verdades” consiguen -y ahí está la victoria- aceptación generalizada (explícita o tácita). Los seres humanos tienen capacidad de idealización, de añadir una carga inmaterial a las cosas.

La batalla en Montevideo es por la representación simbólica de lo que es ser moderno, progresista, amplio de mente, solidario, revolucionario, culto. En la medida en que el Frente Amplio siga teniendo éxito en mantener que parezca natural que esos rasgos se encuentran en su seno, mantendrá su mayoría electoral en Montevideo, seguirá siendo dueño de “esas verdades que se sostienen solas”. Cuando el montevideano, deseoso de abrazar “las verdades que se sostienen solas” y de identificarse -a sí mismo y ante los demás- como moderno, abierto y todo el etcétera, abra los ojos y perciba que para ello no necesita matricularse en el Frente Amplio y venderle su alma, entonces las cosas van a empezar a ser diferentes. (Tampoco se puede olvidar que las conciencias individuales son fuertemente influenciadas por las colectivas).

La lucha electoral con el Frente Amplio por Montevideo -sobre todo Montevideo- es una contienda de mentalidades, una lucha de producción y apropiación de representaciones simbólicas. Los pozos, los basurales, los asentamientos vienen después y solo en función del enganche que tengan con la lucha de fondo, la de las representaciones simbólicas.

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