Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Ver y aceptar lo visto

Afines del año pasado asistí a un congreso de la lista 40 del Partido Nacional. En dicho congreso el conocido referente en educación y exsubsecretario de esa cartera F. Filgueira fue invitado a exponer sus ideas sobre la necesaria reforma. A raíz de eso escribí lo siguiente (El País, 29/1/17): “salí de esa conferencia pensando: a ese tipo hay que apoyarlo.

Afines del año pasado asistí a un congreso de la lista 40 del Partido Nacional. En dicho congreso el conocido referente en educación y exsubsecretario de esa cartera F. Filgueira fue invitado a exponer sus ideas sobre la necesaria reforma. A raíz de eso escribí lo siguiente (El País, 29/1/17): “salí de esa conferencia pensando: a ese tipo hay que apoyarlo.

Pero a poco de reflexionar me di cuenta, con pena, que ese fantástico proyecto está muerto. El certificado de defunción estaba contenido en las últimas palabras con las que Filgueira cerró su exposición. Dijo: este proyecto supone un enorme costo político en el corto plazo para asegurar un gran beneficio nacional en el largo plazo. Esta afirmación final significa, ni más ni menos, que el proyecto es directamente imposible. Imposible en las actuales circunstancias; no porque ese proyecto de reforma educativa sea en sí mismo impracticable sino que es imposible en el estado actual de correlación de las fuerzas políticas (y las no políticas) que tironean y arrastran a la sociedad uruguaya”.

Eso dije en enero. Ahora, en abril, veo que Filgueira ha conformado un grupo de técnicos de todos los partidos para seguir estudiando y puliendo esa reforma educa-cional. El grupo se llama EDUY21. Me da la impresión que la dolorosa claridad de visión que hubo en el pasado se ha nublado. Vista la dificultad política se ha procurado llevar el proyecto a un rinconcito apolítico y tranquilo en donde técnicos de todos los partidos sigan trabajando el asunto y, de ese modo, se sigue avanzando. Pero es un avance hacia ninguna parte, porque siendo políticos los obstáculos que esa reforma enfrenta, poco adelanta trabajar en lo técnico.

Pero, además, no solo es un esfuerzo inocuo en cuanto no atiende el problema real sino que genera un placebo tranquilizador (tanto para los técnicos como para la ciudadanía) el cual desarma el espíritu y la disposición apropiadas para desenvolverse en el terreno en que está el problema: la lucha política. Y se trata efectivamente de una lucha política porque la horrible situación en que se encuentra la enseñanza ha sido creada y está siendo mantenida y defendida por fuerzas políticas y sindicales concretas y conocidas.

Yo aprendí de Fernando Oliú que la política es una acción a favor de ciertas cosas (proyectos, programas, visiones de país) y en contra de otras y que se lleva a cabo en asociación con algunos y en contra de otros (que, a su vez, luchan por proyectos, programas o visiones de país diferentes). Las políticas de estado, más allá de definiciones teóricas, son aquellas que cuentan con un asentimiento colectivo, mínimo pero real: son un logro más que una definición.

El costo político de ese proyecto educativo es el eje del asunto y no sus méritos pedagógicos o dificultades técnicas.

Quien piense que hay otro Frente Amplio más sensible y que sostendrá esa reforma educativa se ilusiona. El Frente Amplio real es el que pateó a Filgueira y su reforma para afuera. Para que el acuciante problema de la enseñanza pueda tener una expectativa de mejora es menester tomar posiciones políticas en la arena política. Ese es el precio que hay que estar dispuestos a pagar. Lo otro no es problema mayor.

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