Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

La salida del Comcar

Días atrás pasé por delante del Comcar al momento de la salida de las visitas. Una larga y taciturna fila espera en la parada del ómnibus. Otras personas se retiran a pie caminando por la orilla de la carretera rumbo a los accesos. Son todas mujeres, absolutamente todas. Ni un padre que haya ido a visitar a su hijo, ni un hijo a su padre, ni un hermano a su hermano. Todas mujeres. Hablan poco entre ellas, sea esperando en la cola de la parada o caminando lentamente, unas detrás de otras, con una resignación hecha rutina.

Días atrás pasé por delante del Comcar al momento de la salida de las visitas. Una larga y taciturna fila espera en la parada del ómnibus. Otras personas se retiran a pie caminando por la orilla de la carretera rumbo a los accesos. Son todas mujeres, absolutamente todas. Ni un padre que haya ido a visitar a su hijo, ni un hijo a su padre, ni un hermano a su hermano. Todas mujeres. Hablan poco entre ellas, sea esperando en la cola de la parada o caminando lentamente, unas detrás de otras, con una resignación hecha rutina.

El sistema carcelario de nuestro país alberga actualmente unos diez mil presos, que se matan entre sí a razón de unos treinta y pico por semestre. En esos pabellones, desde cuyas ventanas flamean al viento los harapos de los reclusos, rige la ley del más fuerte, el dominio de los más violentos: no hay otra ley ni opera otra autoridad. Uno ha oído relatos espantosos de prisiones infames de la región: Carandirú en Brasil, Lurigancho en Lima. Esta es igual y está en el Departamento de Montevideo.

Me impresiona la fila de mujeres que se aleja caminando, en grupos de dos o tres o solas, alguna con un gurí de la mano a rastras que -imagino- habrá soportado un rato de desconcierto ante un desconocido que le acaricia la cabeza y le dice mhijo. Esas mujeres, las mayores o las madres de las otras, vivieron personalmente o escucharon el relato de un Uruguay donde la escuela pública era el camino -trabajoso pero certero- para salir de la pobreza y progresar en la vida. Todas esas mujeres, las de la orilla del camino o las de la parada del ómnibus, saben que eso hoy es cuento, que ya no es así. Lo saben por experiencia propia; ellas mismas son la prueba, fehaciente y caminante, de que ya no es así.

La enseñanza pública está cooptada y dominada por una dirigencia gremial cuyo interés es el de la corporación: no el de los alumnos. Ningún paro se hace por los alumnos, todos son por los maestros. Los alumnos son usados -su abandono- para presionar o conmover a las autoridades. Eso, según leemos en los clásicos de la picaresca española, era lo que hacían mendigos desalmados: mutilaban chiquilines para mover así a compasión a los transeúntes y que la limosna fuera más suculenta. Eso mismo y no otra cosa es lo que hacen Mandace, Pereira y los otros dirigentes gremiales con los chiquilines de las escuelas. Mujica les prometió educación, educación y educación, pero abandonó la empresa al poco tiempo, sin dar la pelea; la abandonó con una chanza y sin un sollozo, sin siquiera una puteada.

Esas mujeres que se alejan calladas caminando despacio hacia la ruta quizás imaginen como único camino para salir, para que ese gurí que llevan de la mano no termine donde está el que han venido a visitar, el que se convierta en un crack de fútbol (o en distribuidor de crack). Pienso en las altas probabilidades de que ese chiquilín tenga ya una plaza asignada allá adentro. Allí va a perder la vida. Aunque eventualmente no lo maten va a perder totalmente su vida como persona.

También pienso -y quizás ésta sea lo peor- que esas mujeres que cargan sobre sus espaldas y sobre su alma la tragedia propia y la de aquellos que han venido a visitar, son consideradas como una amenaza o un peligro por el Uruguay bien comido y bien vestido. Que la tragedia de unos pueda sentirse como la amenaza de otros es reflejo de una sociedad muy enferma. El Uruguay está muy enfermo.

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