Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Pronunciar el mañana

¿Qué futuro tienen los uruguayos de hoy? ¿Qué mañana se les ofrece? Para muchos eso no es problema ni pregunta: el mañana que esperan sin esperanza es el mismo traca traca de hoy. Pero desde la política siempre se está pensando y elaborando algo; es lo que le corresponde hacer a los partidos políticos.

¿Qué futuro tienen los uruguayos de hoy? ¿Qué mañana se les ofrece? Para muchos eso no es problema ni pregunta: el mañana que esperan sin esperanza es el mismo traca traca de hoy. Pero desde la política siempre se está pensando y elaborando algo; es lo que le corresponde hacer a los partidos políticos.

El Frente Amplio, que gobierna el gobierno y gobierna la cultura, los sindicatos, la Universidad y los cenáculos de intelectuales, no tiene mucha cosa para ofrecer a los uruguayos en términos de futuro. El Frente es hoy un gigante herido y abúlico, enojado consigo mismo, todas sus fuerzas volcadas a la defensiva, ablandado por el éxito electoral pasado y la comodidad de un poder sobreabundante. Como partido político se viene desgastando en un sinceramiento interno que tiene más de delación que de autocrítica.

Lo único que el gobierno ha encontrado para ofrecer a los uruguayos como horizonte de un mañana mejor son espejismos, como cuentos que inventa la abuela fatigada para tranquilizar al nieto impaciente que insiste con sus preguntas incómodas.

Primero fue el cuento del petróleo. Se trata de un cuento viejísimo, ya tiene unas cuantas ediciones; yo, que también soy viejo, lo vengo escuchando desde niño. Vázquez convocó a los expresidentes para contárselo de nuevo. Habrían de pensar juntos qué se iba a hacer y cómo se debería cuidar la fabulosa riqueza que iba a surgir de la profundidad barrosa de este viejo y conocido río que contemplamos cada mañana. El futuro sería de tanta riqueza y abundancia que la convocatoria a los expresidentes, por encima de banderías políticas y de viejos enfrentamientos, era lo menos que se debía hacer.

Después vino la gira presidencial a China y, al regreso, el anuncio de un tratado de libre comercio con el gigante. No hacía falta sospechar la desaprobación de Brasil para considerar temerario el anuncio, pero la recibimos explícita, en portugués y en español. Y lo último ha sido la tercera planta de celulosa y los 4.000 millones de dólares desde Finlandia como inversión externa directa. En esa ilusión respira el gobierno su último hálito de dejar algo sustantivo para el Uruguay antes de retirarse. Toda la esperanza está fincada en los Reyes Magos: poco se cuenta con el esfuerzo, trabajo o ingenio de los uruguayos.

¿Y del otro lado qué se puede esperar? No es poca esperanza la de sacar a los dilapidadores, a los creadores del déficit fiscal, de la ruina educativa, de la desaparición de millones en Pluna, Ancap, Fondes y demás. No es poca cosa pero no alcanza. Hay que formular una esperanza, pronunciar un horizonte concreto que signifique una mejora para los uruguayos. Una mejora en lo ético, en lo administrativo, en lo político y también en lo económico. Un planteo económico en el cual la mayor parte del esfuerzo productivo de los uruguayos no tenga que ir a cubrir los agujeros negros de las empresas públicas hipertrofiadas y manejadas como bienes de difunto.

Pero ese horizonte político y económico se tiene que ir formulando, haciéndolo visible en sus rasgos principales. Programa común o heterogéneo, no es eso lo principal. Pero descifrable, divisable. Nadie salta hacia lo desconocido por más incómodo que sea el palo donde está parado, y muchos uruguayos tienden a guarecerse en el viejo y decadente “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

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