Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Dos placas recordatorias

El pasado lunes 27 de junio -fecha aciaga del ominoso asalto al Palacio Legislativo y de la supresión de los derechos y libertades- hubo dos actos conmemorativos. Uno tuvo lugar en la legendaria Casa de los Lamas. Este reducto partidario supo cobijar numerosas reuniones clandestinas donde se alimentaba el espíritu de resistencia al régimen militar y se pergeñaban las minúsculas pero nobles y arriesgadas estrategias de sobrevivencia del espíritu republicano. Ese lunes Carlos Julio Pereyra recibió una placa recordatoria para ser colocada en la pared de esa casa, honroso memorial de la resistencia de los blancos.

El pasado lunes 27 de junio -fecha aciaga del ominoso asalto al Palacio Legislativo y de la supresión de los derechos y libertades- hubo dos actos conmemorativos. Uno tuvo lugar en la legendaria Casa de los Lamas. Este reducto partidario supo cobijar numerosas reuniones clandestinas donde se alimentaba el espíritu de resistencia al régimen militar y se pergeñaban las minúsculas pero nobles y arriesgadas estrategias de sobrevivencia del espíritu republicano. Ese lunes Carlos Julio Pereyra recibió una placa recordatoria para ser colocada en la pared de esa casa, honroso memorial de la resistencia de los blancos.

El mismo día, en los muros del Batallón de Infantería Nº 13, un grupo de ciudadanos que comparten la visión histórica del Frente Amplio, colocó una placa recordatoria de los suplicios de que allí fueron víctimas numerosos compatriotas (de todo pelo) durante la dictadura. Parecen dos actos emparentados o coincidentes; sin embargo son totalmente distintos. Veamos.

¿Cómo se recuerda a sí misma la izquierda en ese período oscuro de la historia uruguaya? Una mirada sobre los actos conmemorativos que genera el Frente Amplio, así como los escritos que la izquierda ha publicado sobre esos años nos muestran que los frenteamplistas eligieron verse como víctimas. Lo que subrayan son los sufrimientos en los cuarteles, lo duro que fue el exilio y la larga lista de vicisitudes y atropellos que efectivamente padecieron. Al recordarse a sí mismos de ese modo eligen una identidad: fueron los que sufrieron, las víctimas. Hay algo como sacrificial, una apelación a una especie de mérito por el dolor que, a su vez, daría derechos especiales. Llama la atención que la izquierda no recoge en sus relatos ni guarda en su memoria algo de lo que fue su norte político en aquel pasado.

Para los blancos, en cambio, el lugar elegido para sí mismos en la memoria de aquellos años es el lugar de la resistencia. Por eso celebro como muy adecuada la placa en la Casa de los Lamas. La memoria de los blancos y el relato de aquellos años fluyen espontáneamente hacia la farmacia del Cacho López Balestra, los homenajes a Saravia, la circulación clandestina de los cassettes de Wilson, el Plebiscito del 80, el estallido de ACF, las contratapas de Murguía en La Democracia, las clausuras del semanario y las incansables reaperturas, el acto y la proclama del Obelisco, el del cine Cordón y un montón de episodios por el estilo. Todos tienen en común la resistencia y la rebeldía frente a la prepotencia y esa memoria forma parte de nuestra identidad.

Las identidades que se elaboran y se sustancian a través de los recuerdos y los relatos tienen siempre una base en los hechos realmente sucedidos pero también son una opción, una elección consciente o inconsciente de parte del individuo que recuerda o de la colectividad que rememora y se abraza a esos recuerdos. No es una curiosidad teórica detenerse a examinar las identidades que a sí mismos se dieron el Frente Amplio y el Partido Nacional en el pasado inmediato. Las identidades autoconferidas generan características perdurables porque los pueblos y las naciones se van acomodando a ser lo que ellos han dicho de sí mismos.

Las memorias colectivas no son inventos, tienen su base en experiencias vividas y en hechos consumados, pero los relatos que desde allí nacen son creaciones humanas y ellas revelan mucho acerca de sus creadores.


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