Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Lo opaco hecho hábito

Cuando ciertas situaciones se repiten se convierten en algo así como características generales; lo general, ya se sabe, pasa a ser habitual y lo habitual no llama la atención a nadie. En cambio, la atención fijada sobre un caso particular puede despertar la conciencia adormecida por el hábito. A eso conducen estas líneas, aclarando desde el comienzo que no es el caso particular lo importante sino el acostumbramiento general que lo enmarca.

Cuando ciertas situaciones se repiten se convierten en algo así como características generales; lo general, ya se sabe, pasa a ser habitual y lo habitual no llama la atención a nadie. En cambio, la atención fijada sobre un caso particular puede despertar la conciencia adormecida por el hábito. A eso conducen estas líneas, aclarando desde el comienzo que no es el caso particular lo importante sino el acostumbramiento general que lo enmarca.

El Dr. Daniel Borrelli es una persona decente y un hombre de bien. El domingo pasado este diario le hizo un reportaje con motivo de su incorporación a la Junta de Transparencia. Allí Borrelli -a quien el periodista califica como “el hombre de la mano firme y leyes duras”- dice: “somos los encargados de controlar que, a nivel estatal, los niveles de corrupción no avancen, porque no podemos negar que tenemos niveles de corrupción”. Luego preguntado acerca de sus planes expone: “Lo que tenemos que hacer es convencer al funcionario público que, aunque le regalen una canasta de navidad (sin mayúsculas en el texto del diario) sencillita y sin importancia, no debe recibirla”. Me detengo en esto: la entrevista prosigue luego por otros temas tales como el crimen organizado, si hay lugar en el Uruguay para un Pablo Escobar, el problema de la seguridad pública, el aumento de las penas, etc. etc.

Lo llamativo resulta que ni en el radar del entrevistado al describir su programa, ni tampoco en las preguntas del periodista aparece registro ni mención alguna a la situación que campea hoy en el país. No aparece ni una sola referencia a ASSE, a su dirigente destituido por coimas, a la empresa de limpieza de hospitales de la mujer de Huidobro, a los directores de hospitales que contratan ambulancias con empresas de las cuales ellos son los titulares: no hay ni un eco lejano del Fondes, de los negocios con Venezuela, nada de ALUR pagando en negro durante diez años, nada de las tinieblas que rodean al plan de viviendas del Pit-Cnt ni de la privatización de Pluna denunciada penalmente por el Partido Nacional, ni de la posterior farsa del remate de aviones con comprador trucho y avales truchos incluidos, denunciado esto de oficio. ¡No aparece ni una mención de Ancap! Este gobierno hierve de corrupción por todos lados y se habla de la “canasta de Navidad sencillita”. ¡Y el periodista no pregunta nada más!

Lo que se generaliza se convierte en habitual, paisaje tan familiar que pasa desapercibido. También es habitual, y uno lo oye con frecuencia, que el nivel de corrupción de nuestro país es menor que en países vecinos: es una afirmación común en bocas de funcionarios del gobierno y de dirigentes del Frente Amplio. Más allá de si el dato es objetiva y estadísticamente correcto, su empleo como justificación o como motivo de alivio justificado, es como si un tipo acusado de pegarle a la mujer se defendiera diciendo: mire que mi vecino de la otra cuadra le pega a la suya mucho más que yo y todos aprobásemos la precisión ofrecida como algo a ser tenido en cuenta.

Un país que funciona con un Parlamento que frenó todas las Comisiones Investigadoras que pudo y que funciona con un Vicepresidente que mintió (innecesariamente) sobre un diploma académico y que fue apoyado y defendido por TODOS los legisladores del Frente Amplio, es un país que ha perdido la noción de lo que es corrupción y de lo que no lo es. Ese es el tema.

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