Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Nueva identidad

América Latina ha sido el continente donde florecieron con más empuje los populismos. Dado que nosotros no nos pensábamos como parte del continente, dimos por sentado que esos fenómenos, como la fiebre amarilla o el paludismo, eran problemas exóticos, de otras comarcas, y que nuestro clima político no era propicio para que se dieran. Ahora ya sabemos que no es como creíamos.

América Latina ha sido el continente donde florecieron con más empuje los populismos. Dado que nosotros no nos pensábamos como parte del continente, dimos por sentado que esos fenómenos, como la fiebre amarilla o el paludismo, eran problemas exóticos, de otras comarcas, y que nuestro clima político no era propicio para que se dieran. Ahora ya sabemos que no es como creíamos.

Este país que se enorgullecía de cierta prosapia política se mira hoy y descubre su nueva identidad.

Los populismos latinoamericanos supieron tener fuerza y cierto prestigio como para haber dejado huella y memoria: Getulio Vargas en Brasil y el Gral. Juan D. Perón en la Argentina. Ambos modificaron profundamente sus respectivos países. El Uruguay entró tarde en la categoría cuando ésta ya venía muy degenerada; entramos en los tiempos de Chávez, de Evo y de los Kirchner. A ese nivel nosotros contribuimos con Mujica. Tuvo su día del león. Actualmente el mujiquismo es un espectro macilento y vacilante. Pero el Frente Amplio vive hoy solo de eso.

El diccionario nos enseña que populismo proviene de populus, término político usado para denominar corrientes asaz heterogéneas caracterizadas por su aversión a los planteos intelectuales, su rechazo a las tradiciones partidarias y a los partidos estructurados, sustituyéndolos por liderazgos personales carismáticos y por su apelación directa al pueblo como fuente de poder.

La socióloga argentina Beatriz Sarlo tiene un concepto menos delicado. Ella sostiene que el populismo actual no es una ideología propiamente dicha, sino que es algo vinculado al “cualquiercosismo mediático”. Maduro habla todo el tiempo; Mujica, cuando era Presidente, tenía una audición radial diaria.

El populismo se apoya sobre un discurso político basado en la simplificación de contenidos y en su sustitución por frases hechas, dichos populares y otras formas de comunicación que parten de la base de que ni el medio utilizado ni el público a quien va dirigido el mensaje, se interesan por nada que esté por encima de ese nivel rústico y elemental.

Vuelvo a Beatriz Sarlo (Escenas de la Vida Posmoderna); según ella -y su reflexión dedicada a la Argentina calza perfectamente acá- muchos políticos están resignados de antemano a que la política institucional no le interese a casi nadie, convencidos de que toda la gente vive absorta en su cotidianeidad sin levantar la cabeza y que carece de instrumentos intelectuales para escuchar una exposición medianamente compleja; se arman, en consecuencia, un esquema que no aspira a superar una situación adversa al discurso político, sino más bien a fortalecerla en nombre de un realismo barato.

El populismo tiende a establecer mediante la palabra y el gesto mediático (una performance) relaciones de confianza personal entre la figura populista y la gente, sin consideración alguna sobre programas o propuestas de gobierno ni canalización por estructuras partidarias institucionalizadas.

Extinguido el fulgor carismático de Mujica, el Frente Amplio, que se desnudó de su ideología para ganar elecciones, se ha quedado sin nada, al sereno pasando frío. Los populismos no dejan herederos, dejan huérfanos: unos tristes y desorientados, otros furiosos y resentidos. Me temo que así vaya a ser medio Uruguay mañana.

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