Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

La justicia

Después que un país ha salido de un gobierno de fuerza o de un período de arbitrariedad y prepotencia tiene por delante la delicada y necesaria tarea de restablecer la justicia. El Uruguay vivió esa situación a partir de 1984. Argentina la vivió en el gobierno de Alfonsín. Francia la vivió después de la guerra con el juicio a los colaboracionistas. Es una necesidad política y una necesidad moral. Nosotros todavía no hemos podido finalizar del todo esa tarea.

Después que un país ha salido de un gobierno de fuerza o de un período de arbitrariedad y prepotencia tiene por delante la delicada y necesaria tarea de restablecer la justicia. El Uruguay vivió esa situación a partir de 1984. Argentina la vivió en el gobierno de Alfonsín. Francia la vivió después de la guerra con el juicio a los colaboracionistas. Es una necesidad política y una necesidad moral. Nosotros todavía no hemos podido finalizar del todo esa tarea.

Restablecer la justicia implica obligaciones hacia delante y obligaciones hacia atrás. La tarea hacia atrás se resume en dos capítulos: reparar de alguna manera posible a las víctimas de la injusticia y castigar a los agentes de esa injusticia. El Uruguay que emergió después del período de facto se volcó decididamente a la tarea hacia atrás.

La reflexión y el juicio que el Uruguay hizo —y en cierta medida sigue haciendo— sobre su pasado ha tenido flujos y reflujos, peripecias varias que todos conocemos. Pero casi toda esa reflexión, todo lo que se ha escrito y debatido, y lo que se ha llevado a la práctica, versa sobre las tareas hacia atrás, es decir, castigar a culpables y resarcir a víctimas. El país oficial ha sido primero generoso en la reparación y posteriormente empecinado en el castigo. La tarea hacia delante está visiblemente desatendida. Siento un vacío. De parte de los liderazgos políticos, de la Iglesia, de la academia, de los intelectuales….

La tarea hacia adelante es volver a colocar a la justicia como valor superior, como distintivo nacional, como parte indiscutible e indiscutida del acervo común de todos los orientales. El restablecimiento cívico y republicano después del período de arbitrariedad exige la recomposición de un práctica de justicia con un andamiaje ético, una escala de valores compartidos. Si esto no se logra (o ni siquiera se intenta) la recomposición de aquello que Jorge Batlle llamó el estado del alma se frena. Ser justo o ser ético pasa a ser una ubicación política. Me considero justo (o me tienen por justo) porque estoy del lado políticamente correcto. ¿Cuál es ese espacio? Generalmente lo definen los ganadores.

La justicia así travestida infunde (o impone) en la sociedad una simplificación emponzoñada: todo lo que hicieron los que perdieron está mal y es condenable y todo lo que hicieron (o hagan) los que ganaron está bien, es inspirado por el bien superior de la República. Si las sentencias de los jueces son divergentes de lo políticamente correcto llueven diatribas sobre la Suprema Corte (no sólo desde el submundo de la izquierda que habitan Zabalza y Leites sino de encumbrados legisladores y legisladoras oficialistas. Se organizan escraches frente al domicilio de los malos y caravanas de desagravio al domicilio de los buenos. No se analiza ni se discuten los actos de uno ni de otro; no hay proceso porque no se necesita, ya se sabe quién es quién y dónde se encuentra cada uno. Así agoniza la justicia.

El país que emerge de un tiempo de arbitrariedad es siempre un país dividido.

Para desautorizar la arbitrariedad de ayer y tomar distancia de ella es necesario, antes que nada, establecer un compromiso superior: de ahora en adelante en esta tierra nadie quedará fuera del amparo de los jueces ni tampoco por encima de la ley. En términos más crudos hay que evitar que Mujica pueda decir al observar a su alrededor: la justicia tiene un formidable olor a venganza.

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