Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Entonando la retirada

Es curioso comprobar la resonancia que en Uruguay cobran ciertos episodios, en sí menores, que en otros países transcurren con adecuado recato. La llegada a nuestro país de los seis presos de Guantánamo es uno de esos casos.

Es curioso comprobar la resonancia que en Uruguay cobran ciertos episodios, en sí menores, que en otros países transcurren con adecuado recato. La llegada a nuestro país de los seis presos de Guantánamo es uno de esos casos.

Todos conocemos lo que pasó: los prolongados espacios en los informativos y la atención que el Pit-Cnt se empeñó en publicitar han convertido el asunto en un espectáculo público y, a la vez, de exaltación política de Mujica. Quizás hubo algunos medios que interpretaron (o recibieron) un deseo presidencial o del grupo político de Mujica, tan ninguneado por su sucesor (probablemente tan harto él del histrionismo reinante como lo estamos todos nosotros).

El ingreso de los refugiados sirios, por contraste, se realizó sin artificio ni bochinche, bajo la supervisión de gente seria (Javier Miranda, los Hermanos Maristas que ofrecieron la casa y otros), atentos todos al bienestar de esas personas y no a eventuales beneficios colaterales.
Los presos de Guantánamo salieron de su ignominioso cautiverio por disposición del Presidente Obama, pero aquí parecen creer que los liberó Mujica. También se maneja el hecho del arribo de los seis presos como una primicia mundial, como si el Uruguay fuera el primer país del mundo en abrir sus puertas, algo así como los campeones mundiales de la compasión. Asimismo hubo una muy visible transferencia de admiraciones, desde ¡qué país fantástico somos! hacia ¡qué Presidente fantástico tenemos! El hecho real es que varios otros países del mundo han recibido presos de Guantánamo y lo han hecho sin alharaca, con sobriedad, como corresponde a los gestos de generosidad auténtica, y sobretodo sin usar a esos pobres tipos como carnada para pescar aplausos.

No era decente jugar como se ha jugado con la suerte de seis seres humanos macerados horriblemente durante décadas para sacar diploma de buenos, pero una vez montada la comedia, la oposición podía haberse movido con más inteligencia. En mi modesta opinión, que vinieran o no vinieran esas personas no le cambia mucho al Uruguay; si son o no peligrosas en todo caso lo serían para Estados Unidos. El trámite fue mal hecho (ya es habitual) porque no pasó por el Parlamento. Pero, en vez de dejar correr, la oposición se incorporó ardorosamente a un escenario prefabricado: por un lado los generosos, magnánimos, ejemplares y por el otro los pequeños, temerosos y ruines. Y se subieron de este lado del escenario y no del otro, participando del show como antihéroes (al ñudo).
El Uruguay supo ser un país más serio y, sobretodo, de una dignidad real y no actuada. Ahora nos hemos convertido en el tinglado de un show permanente (tres funciones diarias, matiné, vermouth y noche) con sus empeñosos bufones y su correspondiente claque (que festeja aunque no le haga gracia porque para eso pagó la entrada).

Este país acogió a miles de seres humanos en desgracia o simplemente en dificultades y lo hizo sin sentirse superior a nadie, tan seguro de sí mismo y de su razonable autoestima que no necesitaba hacerse propaganda (como precisan los figurantes de hoy, mientras hacen mutis por el foro entonando su retirada, la retirada de Los Asaltantes).

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