Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Un discurso creador

Habrá quien piense que las sociedades humanas se construyen en base a la obra pública, no faltará quien diga que se construyen a través de la legislación y otros dirán que es a través de las costumbres y las tradiciones. De todo eso hay un poco, pero lo que resulta más maravilloso es la construcción de la sociedad a través de la palabra.

Habrá quien piense que las sociedades humanas se construyen en base a la obra pública, no faltará quien diga que se construyen a través de la legislación y otros dirán que es a través de las costumbres y las tradiciones. De todo eso hay un poco, pero lo que resulta más maravilloso es la construcción de la sociedad a través de la palabra.


Mucho se ha abaratado el discurso público en nuestro país y poco es el crédito que le va quedando. Se nota la falta de un discurso reconstituyente. Para que todo lo que hemos perdido no nos lleve también el alma se hace necesario el verbo, la convocatoria a seguir buscando un destino para la nación.

Las palabras tienen una fuerza insospechada. Cuando uno oye a algún dirigente político vanagloriándose en que él no se entretiene en declaraciones sino que se ocupa de los problemas de la gente, admitiendo, quizás, buena intención, destapemos el engaño. Engaño a dos puntas: el de un político que cree tener en sus manos las soluciones para los problemas de la gente y el de gente que se dispone a esperar de otro -de la política, del estado- la solución de sus problemas.

Esa frase -yo me ocupo de solucionar los problemas de la gente- con todas sus variaciones, constituye un discurso político representativo de nuestra sociedad. Representativo y constituyente de su flaqueza. Es una formulación que tanto representa como da forma a esta sociedad. Una forma deforme. Somos una sociedad formada-deformada por ese discurso enajenante. ¡Cuán otro es el discurso que nos está haciendo falta! Falta el verbo y falta el hablante: no cualquiera es capaz de producir un discurso movilizador y convocante de las energías nacionales. Juegos de palabras y agudezas hay muchas en circulación, pero, como decía Ruben Lena: “hay que sacarse la manta/ y mostrar el argumento/ muchas veces sopla el viento/ pero pocas veces canta”.

Se incurre en confusión cuando no se distingue lo que es hacer política de lo que es gobernar. Hay quienes, presumiendo de técnicos, dicen que la diferencia está en que una es una actividad seria y lo otro charla barata. No. La función de gobierno dice relación con la administración y la toma de decisiones. La función política está ligada al discurso, al acto de sostener, por la pura fuerza de las palabras, los valores nacionales, las ilusiones colectivas y una autoestima popular bien fundada. ¿Qué sociedad puede vivir sin eso?

La imagen que de sí misma tiene una persona es crucial y determinante; allí se apoya lo que esa persona se anima a hacer (o se siente con derecho a tener y defender) y lo que no se anima, lo que considera accesible y lo que juzga fuera de su alcance. Los pueblos tienen también una imagen de sí mismos, tanto o más determinante que las personas. Imagen vertida en discurso. Los creadores de sociedades son aquellas personas con capacidad de enarbolar aquellas palabras que un pueblo recoge para decirse a sí mismo en su mejor expresión, y diciéndose y proclamándose, se afirma, se construye, se crea y se recrea continuamente. León Felipe, enojado con el Generalísimo, escribió un día: “Franco, tuya es la hacienda, la casa, el caballo y la pistola. Mía es la voz antigua de la tierra. Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo. Mas yo te dejo mudo... ¡mudo! Y ¿cómo vas a recoger el trigo y a alimentar el fuego si yo me llevo la canción?”.

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