Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

El decreto

El Poder Ejecutivo acaba de emitir un decreto prohibiendo el corte de rutas y calles. El lector encontrará en el diario oficial los términos exactos del decreto pero el sentido del mismo, según lo entiendo yo, es algo así como “se acabó el relajo consentido”.

El Poder Ejecutivo acaba de emitir un decreto prohibiendo el corte de rutas y calles. El lector encontrará en el diario oficial los términos exactos del decreto pero el sentido del mismo, según lo entiendo yo, es algo así como “se acabó el relajo consentido”.

Este decreto me resulta asombroso; es lo más antifrentista que se puede pedir. Pero es oportuno y necesario. ¿Por qué es antifrentista? Porque es desde esa fuerza política y desde esa mentalidad que se ha consagrado y difundido, no solo como algo respetable sino como señal de pertenencia, el concepto de las licencias adscriptas a la figura del luchador social. Bajo el paraguas de esa mística -los que se oponen o critican son fachos y representan un establishment antipopular que ahoga los reclamos- se han guarecido todas las barricadas, las bombas molotov, las cubiertas quemadas, las pedreas y la violencia habilita- da. La represión es una abominación.

El Frente Amplio concibió y cocinó esta doctrina cuando no estaba en el poder. Una vez en el gobierno las cosas empiezan a verse de otra manera. Hay que recordar que la izquierda en el poder -por ejemplo en la URSS o en Cuba- nunca permitió una protesta, ni manifestación, ni corte de calles, ni siquiera una huelga.

La izquierda uruguaya es la responsable de la confección e instalación de un relato épico vinculado a la protesta violenta y al luchador social dueño de la calle (que por naturaleza es de todos). Si la causa lo justificaba cualquier método de protesta era válido. De ahí que el abuso se haya convertido en un rasgo de nuestra cultura popular. Son relativamente pocos quienes lo practican pero ha sido tan incorporado a nuestra mentalidad que muchos lo aceptan y aún los que lo padecen directamente no se atreven a indignarse. La causa justifica la violencia, aun aplicada sobre quienes no tienen nada que ver o no pueden cambiar las cosas (los estudiantes que se quedan sin clase, los veraneantes atascados en el regreso a sus casas).

La asonada del Filtro -que el FA conmemora y que, en su momento, fue justificada por Seregni, Astori y todos los demás- es un caso emblemático: tumulto, disturbios, balazos, para evitar el cumplimiento de una sentencia judicial. La invasión a la sede de la Suprema Corte por el traslado de la jueza Motta (que no fue protagonizada por Irma Leites sino por un lote de señores legisladores frentistas) es otro ejemplo. El más contemporáneo es el razonamiento para justificar la ocupación de los lugares de trabajo, que no es más que la legitimación de la dominación de los que no quieren entrar a trabajar (aunque sean menos) sobre los que sí quieren (aunque sean más). Los que se sienten portadores de una causa jus- ta (definida por ellos mismos, naturalmente y sin consideración por la ley o el prójimo) no se inhiben de usar ningún medio. Además, para la izquier- da pasan a ser héroes. El relato que ha legitimado la prepotencia en nuestro medio tiene la marca del Frente Amplio en el orillo.

Toda esa falsedad conceptual que lamentablemente pudre el mate a los uruguayos queda descalificada en este decreto del Poder Ejecutivo. Aplaudo calurosamente. Dicho esto, agrego: 1) no creo que este decreto se vaya a aplicar seriamente 2) quienquiera que sea el que venga después del FA llegará bajo la consigna de “se acabaron los abusos y la prepotencia”. Si nadie se anima a enarbolar esta consigna seguiremos siendo una sociedad intimidada por los matones.

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