Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

La clase media se va

Se dice que el Uruguay es un país de clase media. Las estadísticas basadas exclusivamente en el nivel de los ingresos no cuentan bien la historia. El valor social de la clase media ha sido, valga la redundancia, sus valores. Eso parece estar cambiando.

Se dice que el Uruguay es un país de clase media. Las estadísticas basadas exclusivamente en el nivel de los ingresos no cuentan bien la historia. El valor social de la clase media ha sido, valga la redundancia, sus valores. Eso parece estar cambiando.

J. Kampfner sostiene que actualmente, en la medida en que la gente va adquiriendo un nivel de vida desahogado, ya no le pesa entregar libertad a cambio de seguridad y confort. Kampfner no se refiere a países de tipo totalitario o estados policíacos. Se trata de algo más sutil, con buenos modales y más generalizado; países donde los ciudadanos pueden disponer de sus asuntos a su antojo, donde tienen posibilidad de viajar a donde quieran, pueden leer lo que deseen, comprar, vender y redondear un patrimonio del tamaño que permitan su esfuerzo y su habilidad. Pero, a cambio de todo eso, el ciudadano se abstiene (¿ofrece en trueque?) de criticar al gobierno, de preocuparse mucho sobre las formas como se accede al poder, (limpieza de las elecciones), frecuencia con que rotan los gobernantes (o si no rotan) y en qué condiciones ($) se retiran.

Siempre se ha dicho, y pasó a integrar el acerbo de la sabiduría convencional, que la clase media es el sostén de los sistemas democráticos. Asimismo se da por sentado que, entre los valores típicos de la clase media -cuentas claras, trabajo duro, respeto por las formas- se encuentra el sistema democrático de gobierno. Barrington Moore -conocido sociólogo americano fallecido en 2005- en su trabajo sobre los orígenes sociales de las dictaduras y las democracias consagró la frase: “no burgeois no democracy”.

Puede ser verdad que los valores y estilos de la clase media sean una base para asegurar la implantación y, sobre todo, la durabilidad de un sistema democrático. Pero -y hacia ese punto discurre esta reflexión- hay una cantidad de ejemplos contemporáneos de países que emergen de regímenes dictatoriales, pasan a votar sus gobiernos, ingresan a una economía capitalista, progresan económicamente como para dar origen a una extendida clase media, y sin embargo no muestran ninguna urgencia por implantar un régimen democrático. Véanse los casos de Rusia, Europa del Este y China.

Pero no solo allí ocurre ese fenómeno. En otros lugares insospechados la gente se desentiende de sus derechos civiles y del sistema democrático con tal que le den seguridad y no se metan con sus negocios: el consumismo en paz pasó a ser el ideal. ¿Qué otra cosa ha sucedido en España? ¿Qué otra explicación existe para el caso de los italianos -una nación culta y de antiquísima prosapia- que llegaron a votar tres veces consecutivas por un señor que desmanteló el sistema judicial, que llevó la deuda pública de Italia a 117% del PBI (el tope que permite la Unión Europea es 60%), sin mengua de prestigio? O tomemos el caso de Argentina, un país rico, de refinados gustos, que tiene las mejores universidades de la región, los diarios más serios, un par de premios Nobel pero se desentiende de la política al punto de haberla dejado tantas veces en manos de rufianes incapaces.

Si puedo moverme con seguridad en el supermercado del consumo me importa po-co la libertad de prensa, la rotación de los partidos en el gobierno, la observancia de la Constitución o las libertades civiles; así funcionan muchas cabezas (no solo en Italia y Argentina).

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