Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

El Carnaval montevideano

Montevideo está trepidando con el batuque del Carnaval. Es sabido -aunque acá casi nadie lo sabe- que el Carnaval es una festividad de origen religioso, concretamente católico. Para la Iglesia, las semanas anteriores a la fecha de la pasión y muerte de Jesús son semanas de ayuno y penitencia y se conocen como Cuaresma.

Montevideo está trepidando con el batuque del Carnaval. Es sabido -aunque acá casi nadie lo sabe- que el Carnaval es una festividad de origen religioso, concretamente católico. Para la Iglesia, las semanas anteriores a la fecha de la pasión y muerte de Jesús son semanas de ayuno y penitencia y se conocen como Cuaresma.

Los tres días anteriores al comienzo de ese período de ayuno y penitencia recibían una autorización de parte de la Iglesia para una controlada licencia detrás del antifaz, lo que hoy llamaríamos un desbunde adentro de ciertos límites. Durante esos días de jolgorio se daba espacio para las expresiones populares de crítica a las autoridades con ciertos tonos mordaces. Ese período de breve desahogo cumplía similar función a la de los bufones en las cortes reales -personajes también disfrazados o deformes como los enanos que pintó Velázquez- a quienes se les permitía criticar a los poderosos y burlarse de sus defectos. Ese es el sentido tradicional de los tres días de fiesta marcados en el calendario como Carnaval.

Pero el Carnaval montevideano, desde hace ya unos años, lejos de constituirse en un espacio de crítica lúdica a las autoridades o de burla popular a los encumbrados se mueve en una constante y zalamera alcahuetería hacia los que mandan, hacia el gobierno y hacia las fuerzas dominantes de esta sociedad que son el Frente Amplio y sus derivados culturales y sindicales. Nada subsiste de ese ingenio popular picante que encuentra y expone el lado ridículo de los que mandan.

El actual Carnaval es complaciente, sin atrevimiento real, acotado a lo seguro, a la sonrisa complacida del poder bien servido. Nada de la antigua gracia para reírse del poder y de los poderosos, para burlarse de la solemnidad oficial, antes vestida con saco cruzado y tocada con sombrero, ahora de uniforme proleta, pero tan teatral una como la otra (no obstante el ingenuo despiste de muchos giles). Cómo será la cosa que La Diaria publica una nota sobre el Carnaval titulada “Políticamente Correctos” (febr. 17) y el Cachete Espert dice (Galería, febr. 19) que el Carnaval actual es oficialista.

Los carnavales, en general, podrían ser ubicados adentro del género llamado picaresca. En el ámbito de la dramaturgia o teatral hubo el año pasado una memorable excepción a la complacencia cultural reinante. Fue la obra de Sanguinetti titulada “Breve apología del caos por exceso de testosterona en las calles de Manhatan” donde todos los tics del Frente Amplio eran objeto de jacarandosa burla.

Así como es sabido pero acá nadie sabe el origen del Carnaval también es sabido que Carlos Marx es un autor básico para el pensamiento de la izquierda aunque a los militantes uruguayos le llegue a través de simplificaciones más parecidas a un texto de autoayuda que a otra cosa. Según D. Carlos la dominación se implanta en una sociedad mediante la fuerza, la amenaza y el castigo pero llega a su consumación (la dominación firmemente establecida, sin problemas ni riesgos) cuando el dominado introyecta en sí los valores y los mandatos del dominador y los hace suyos.

Entonces el dominador no necesita más de amenazas ni de castigos: la dominación ha sido asimilada, el dominado recita convencido el discurso del dominador. Si al lector le parece muy teórico este planteo no tiene más que mirar al Carnaval montevideano y entenderá enseguida la teoría del viejo Marx.

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