Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Como bola sin manija

En este mundo en que parecen multiplicarse hasta el paroxismo las demostraciones de crueldad explícita, pocos episodios me han producido tanta tristeza como el de los seis prisioneros de Guantánamo que vendrán o no vendrán a nuestro país.

En este mundo en que parecen multiplicarse hasta el paroxismo las demostraciones de crueldad explícita, pocos episodios me han producido tanta tristeza como el de los seis prisioneros de Guantánamo que vendrán o no vendrán a nuestro país.

Es probable que en una tétrica estadística de horrores contemporáneos aparezcan otros sucesos mucho más dolorosos y crueles. Hay para elegir: los conflictos armados del cercano oriente, el de Siria, el de Israel y Palestina, las guerras civiles que ya olvidamos porque desaparecieron de los noticieros pero que siguen sucediendo, en Afganistán o en Libia; las decapitaciones espectáculo, ofrecidas por internet a los ojos del mundo entero. Todo eso (y hay más) parece más grave que el caso de los seis prisioneros de Guantánamo. Sin embargo la melancólica tragedia de esos seis fantasmas de uniforme naranja tiene algo particularmente desgarrador y absurdo.

El Presidente de los Estados Unidos Barak Obama se los quiere sacar de encima porque son parte y prueba de una vergüenza nacional para aquel país que los capturó y los retiene en hiriente contradicción con los valores más caros de la propia tradición nacional.

El Presidente de la República Oriental José Mujica se dispuso —personalmente y sin pensarlo mucho— a recibirlos en el Uruguay pero ahora vacila porque le preocupa que la llegada de esos presos o expresos le complique la campaña electoral al Frente Amplio, que ya la tiene asaz complicada.

En buen romance: hay seis seres humanos concretos, personas de carne y hueso con sentimientos, proyectos, memorias de un pasado, esperanzas de un futuro y todo lo demás que atañe a la personas, cuyo destino —si vienen o no vienen, si salen de la cárcel o allí se quedan por más tiempo— no está determinado tomando en cuenta sus vidas sino conveniencias políticas: las del país que los retiene (y no los quiere más) y las del país que los aceptó (pero no los quiere todavía).
No se toma en cuenta reparar una situación anormal sino acomodar una coyuntura política, conseguir rédito político, o impedir una molestia política. Acá y allá.

Seis personas, cuyos nombres ignoramos y si los supiéramos no podríamos ni siquiera pronunciarlos bien; que no sabemos si son o han sido peligrosos ni en qué medida; que ignoramos si tienen o han tenido mujer que los esperara o hijos que los extrañasen; que han estado fuera de la vida, presos en una isla; que pertenecen a distintos pueblos y no comparten la misma lengua, que hicieron o no hicieron terribles fechorías, a las que fueron impulsados o por hondos rencores o por desajustados anhelos de libertad y justicia y que van a ser trasladados sin amor pero sobretodo sin respeto, hoy o después de las elecciones, para acá o para cualquier otro lado donde puedan ser arrojados y/o recibidos sin problemas.

El prójimo no tiene ningún valor por sí mismo, aún en las circunstancias en que parece que nos estuviéramos ocupando de él.
Y nosotros, los del país que los va recibir algún día (o no) también quisiéramos saber si nuestro territorio va a ser hospedaje o celdario, si vamos a ser guardianes o anfitriones, si su presencia acá es una amenaza para alguien o inofensiva para todos. ¡Qué manera de tratar a la gente!

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