Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Amores que matan

En esta semana el tema para una nota periodística está cantado: es el recontra-ajuste fiscal, lo que algún gracioso ha bautizado en las redes sociales como el ajuste Sendic-Martínez. Sin embargo, dado que todo el mundo habla de eso, prácticamente está todo dicho (lo que es publicable, naturalmente). Voy, por tanto, a encaminarme hacia otro tema, aparentemente menor pero que abre camino a reflexiones más vastas y claramente necesarias para el Uruguay.

El gobierno acaba de emitir un decreto que prohíbe el uso de dinero en efectivo en las estaciones de servicio. No se puede pagar con billetes ni la nafta ni las galletitas del minimarket que uno compra mientras le limpian el parabrisas. Nada. ¿El motivo? Dado que se registran continuos asaltos a estaciones de servicio y el Ministerio del Interior no ha podido neutralizar esa práctica delictiva, la solución adoptada por el gobierno es disponer el uso obligatorio de las tarjetas de crédito y la veda al efectivo.

A primera vista

En esta semana el tema para una nota periodística está cantado: es el recontra-ajuste fiscal, lo que algún gracioso ha bautizado en las redes sociales como el ajuste Sendic-Martínez. Sin embargo, dado que todo el mundo habla de eso, prácticamente está todo dicho (lo que es publicable, naturalmente). Voy, por tanto, a encaminarme hacia otro tema, aparentemente menor pero que abre camino a reflexiones más vastas y claramente necesarias para el Uruguay.

El gobierno acaba de emitir un decreto que prohíbe el uso de dinero en efectivo en las estaciones de servicio. No se puede pagar con billetes ni la nafta ni las galletitas del minimarket que uno compra mientras le limpian el parabrisas. Nada. ¿El motivo? Dado que se registran continuos asaltos a estaciones de servicio y el Ministerio del Interior no ha podido neutralizar esa práctica delictiva, la solución adoptada por el gobierno es disponer el uso obligatorio de las tarjetas de crédito y la veda al efectivo.

A primera vista parece una medida no solo bien pensada sino encomiable de parte de un gobierno solícito que cuida y protege la seguridad de los ciudadanos. Sin embargo se ha registrado una reacción negativa a la medida, lo cual debe haber desconcertado a los integrantes y asesores del Ministerio del Interior que concibieron dicha idea. Los supuestos beneficiarios por el decreto están unánimemente en contra.

Los pisteros están en contra porque con ese nuevo sistema pierden las propinas. Se sabe que en el caso de las estaciones de servicio, así como en los restaurantes, la propina es un complemento importante del sueldo: en la práctica se la toma como parte fija del ingreso. Pero también los estacioneros, o sea los patrones, están en contra de la medida porque les impone un gasto extra.

Si se paga con billetes lo que queda indicado en el surtidor, esa cifra íntegra va para el estacionero; en cambio si el pago es con tarjeta, un porcentaje se la llevará el emisor de la tarjeta (que está en otro negocio).

Tenemos, pues, la curiosa paradoja de una protección que es impuesta preceptivamente y que va en contra de los deseos de los protegidos. El estado, que tiene la obligación de velar por la seguridad pública en la ciudad (incluidas las estaciones de servicio), ya no atina a cumplir con esa su obligación y, entonces, se la encaja a los particulares (que quieren seguridad, naturalmente, pero aspiran a que sea brindada por quien tiene la obligación de hacerlo y, además, es pago para que lo haga).

Pequeño episodio este, si se quiere, pero que sirve para que los uruguayos pensemos un poco más -y, sobre todo, con mayor libertad y sueltos de prejuicios- en las funciones del estado, en el tipo de estado que queremos, en el gobierno que hemos votado, y revisemos todo eso. El estado tiene que cumplir lo que es su obligación y no pasársela a los privados, menos aún cuando estos no lo quieren y su rechazo o resistencia no hiere ningún bien común. Y el estado no tiene que fabricar perfumes (por referirme a algo que hoy está en el costosísimo escaparate de la vergüenza nacional).

Pero para que todo este asunto pueda ser discutido serenamente en nuestro país debe mediar antes un proceso de desintoxicación mental y política. Me parece.

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