Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Adolfo Suárez

El domingo pasado murió Adolfo Suárez. El martes fue enterrado en la catedral de Ávila, al abrazo de las murallas de su ciudad natal. Hacía tiempo que la muerte le había dado injustamente alcance: su cerebro ya estaba en tinieblas y su corazón se había vaciado de afectos y de recuerdos.

El domingo pasado murió Adolfo Suárez. El martes fue enterrado en la catedral de Ávila, al abrazo de las murallas de su ciudad natal. Hacía tiempo que la muerte le había dado injustamente alcance: su cerebro ya estaba en tinieblas y su corazón se había vaciado de afectos y de recuerdos.

En España, su patria, todos le han rendido homenaje, incluidos sus antiguos enemigos de la izquierda convencional que aborrecieron y vituperaron su pasado franquista hasta el momento en que él, en el recogimiento de un viernes santo, legalizó el Partido Comunista Español y los dejó a todos mudos.

Adolfo Suárez supo interesarse por la falta de libertad en un pequeño y distante país allá por el año 1984 y se vino para acá. Pagó el viaje de su propio bolsillo y vino a ofrecerse para integrar el grupo de abogados defensores de Wilson Ferreira que dirigía el Dr. Canabal. Ya había tenido lugar la travesía en el Mar del Plata II (otra fantástica locura) y Wilson estaba encerrado en el cuartel de Trinidad.

El empecinamiento y la gallardía con que Wilson había bregado en Europa por el restablecimiento de las libertades en el Uruguay sometido habrían impresionado, sin duda, a Adolfo Suárez; a ese Suárez que había sido y dejado de ser el primer presidente de la España postfranquista, el mismo que no se inmutó cuando el guardiacivil Tejero ordenó a los balazos “todo el mundo al piso”. El Parlamento español entero desapareció de la vista bajo los escaños menos él, sereno en su lugar de la primera fila, mirando sin pestañear al del “alma de charol y de plomo la calavera”. Y con solo no moverse ni bajar la mirada liquidó allí mismo al “tejerazo”.

Adolfo Suárez viajó a Montevideo atraído por una causa y por un sentimiento: la mente lúcida de los grandes hombres nunca es obstáculo para el llamado de los afectos. No bien desembarcado lo llevamos a la Convención del Partido que estaba sesionando en el gimnasio del club Trouville. Aquello ardía: lo recuerdo con emoción. Era un caos creativo, fecundo, receptáculo y multiplicador de un fervor cívico inusitado, hechura fiel de un Partido díscolo y viril, ofendido en su más hondo por la falta de libertades. Suárez no vino a reunirse con los que se habían sentado en el Club Naval.

Habló pocas palabras en una Convención que rabiaba porque Wilson nos había insistido que el Partido debía comparecer en las elecciones de todos modos. Después lo llevamos al Victoria Plaza. Allí se presentaron más tarde dos tiras de particular para notificarlo de la orden de expulsión del país. Se les dijo que de notificarse nada hasta que no viniera un abogado. Hora y pico después llegó Uruguay Tourné. Avisamos a Alfonsín que Suárez iría a Buenos Aires a tomar su vuelo a España y al día siguiente Alfonsín lo fue a esperar al aeropuerto.

Así, en pocas horas, pasó lo que algunos tildaron de una locura más. Es justamente de esas locuras que vive y se rejuvenece este viejo Partido de las libertades, el único partido político del Uruguay que nunca cuidó la ropa. Éste es el mejor elogio que le cabe. Eso precisamente fue lo que atrajo al gran hombre de estado que había derrotado con su digna inmovilidad el atropello que Tejero quiso imponerle a su Patria.

Adolfo Suárez, gran patriota, descanse en paz y en la memoria de todos los blancos.

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