Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

De nosotros mismos

El Uruguay ha tenido un crecimiento económico fenomenal en los últimos diez o doce años. Lo dicen las estadísticas y se nota en la calle: algunos sectores más y otros menos como sucede siempre, pero el PBI es tres o cuatro veces mayor de lo que era.

El Uruguay ha tenido un crecimiento económico fenomenal en los últimos diez o doce años. Lo dicen las estadísticas y se nota en la calle: algunos sectores más y otros menos como sucede siempre, pero el PBI es tres o cuatro veces mayor de lo que era.

Ese crecimiento económico proviene, naturalmente, de varias fuentes pero la principal es el agro. El campo es una máquina de generar dinero y ha transformado los usos y el paisaje del interior del país. No faltan aquellos a quienes irrita la imagen del estanciero rico y por eso tienden —resignados y arteros— a atribuir esa explosión económica exclusivamente a los precios internacionales de las commodities. Los precios han sido excepcionales, es verdad, pero eso no debe opacar el componente humano, el esfuerzo nacional inteligente que se ha aplicado, a las técnicas de trabajo, la genética, la organización empresarial y cientos de aportes de ese tenor, todos made in Uruguay.

Pero a lo que apunto y lo que quiero subrayar es que, tanto el gobierno actual como el anterior en cuyo lapso ha tenido lugar este fenomenal desarrollo, no tuvieron nada que ver. No tuvieron nada que ver ni en los precios ni con la calidad de los emprendimientos y sus resultados. Este Uruguay rico lo ha construido el esfuerzo privado. Es importante que todo el mundo se de cuenta de esto.

El gobierno hizo bien poco; lo frena su ideología y, sobretodo, lo frenan sus complejos. Vive todo el tiempo en la desconfianza ¡cuidado: la gente de campo se está enriqueciendo mucho! Y ahí vienen los impuestos y la prohibición de las sociedades anónimas y toda la milonga sobre la concentración de la tierra, al compás de los apolillados acordes de “a desalambrar”.

Pero, además de la desconfianza del gobierno (y la del Frente Amplio que es su cuna) está la inoperancia. Podría —y debería— haber habido una contribución estatal o gubernamental al proceso transformador: se deberían haber mejorado las carreteras, construido puentes, ampliado puertos o activado el ferrocarril. Pero nada. Nada de nada. Mucho palabrerío y promesa pero nada efectivo. El crecimiento económico que se registra es todo fruto del esfuerzo privado.

Esta comprobación tendría que ayudarnos a todos a cambiar la cabeza, a erradicar una vieja cultura estatista, habituada a esperar todo de la mano del estado o de la influencia política del gobierno. Tenemos delante una especie de demostración espontánea de las posibilidades concretas que se abren para la creatividad y el empeño personal privados. Aún contra la desconfianza frentista, aún contra la inoperancia flatulenta del actual gobierno, el trabajo y el esfuerzo privados lograron generar un colosal enriquecimiento del país que está a la vista de todos.

El Uruguay tiene una cultura estado-dependiente con antiquísimas raíces que llegan hasta el tiempo colonial donde todo dependía de la corona. El cambio cultural va a ser mayúsculo pero hoy tenemos el ejemplo de que es posible. Podemos dejar de entregar nuestra confianza al gobierno y ponerla en nosotros mismos. Llorarle al estado —antiguo deporte nacional en el cual el Frente Amplio tiene numerosas copas y trofeos— puede ser sustituido con éxito por un arremangarse y meterle para adelante aprovechando las oportunidades. Es lo que hizo el agro. Hay que cambiar la cultura y cambiar el gobierno hijo de ella. Lo segundo es más fácil que lo primero. Está ahí nomás. Depende de nosotros.

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