Jorge Grünberg
Jorge Grünberg

Sendic y la educación

El año 2016 comenzó con hechos graves y muy preocupantes. Asesinatos en pleno día en la ruta Interbalnearia, homicidios sucesivos de taxistas y el siniestro crimen de odio racial del Sr. David Fremd.

El año 2016 comenzó con hechos graves y muy preocupantes. Asesinatos en pleno día en la ruta Interbalnearia, homicidios sucesivos de taxistas y el siniestro crimen de odio racial del Sr. David Fremd.

A eso se suman las preocupaciones por la desaceleración económica, la bancarrota de Ancap, la inestabilidad de Brasil, preocupaciones de salud pública como los primeros casos autóctonos de dengue y la contaminación de las principales fuentes de agua potable.
En medio de estas preocupaciones, nuestra sociedad se ha convulsionado por un asunto que parece menos trascendente. Es el caso de un líder político que desde hace años es presentado como titulado universitario y que recientemente admitió que no lo es. El caso llamó la atención porque se trata del Vicepresidente de la República y previamente presidente de la empresa más grande del país.

Los hechos parecen claros y no disputados por el propio involucrado. Lo más interesante de este caso no es cómo reaccionó el involucrado, sino cómo reaccionó nuestra sociedad y qué dice esa reacción sobre los umbrales de conducta ética aceptables para los ciudadanos, para los líderes políticos y para las instituciones.

Aducir falsamente la obtención de méritos no es un hecho excepcional. Existen líderes que han falseado carreras militares, participaciones en proyectos humanitarios y otros que han plagiado libros o tesis doctorales. Lo que vuelve excepcional este caso es cómo fue discutido por el liderazgo nacional así como su carencia de consecuencias.

La discusión de este caso mostró la insensibilidad de algunos líderes frente a su responsabilidad social y educativa. En una sociedad democrática el discurso y la conducta de los líderes comportan una señalización de valores. Discursos ambiguos, engañosos u oportunistas de los líderes señalan a la sociedad y en especial a los más jóvenes que esas son conductas aceptables y recompensadas con cargos importantes. Los líderes son celebridades, y como tales constituyen modelos de rol y su conducta debe reflejar esa responsabilidad. La responsabilidad educativa de los líderes no se agota en elaborar políticas educativas sino especialmente en educar a través de su conducta.

En la discusión que nos ocupa el discurso y la conducta perdieron este examen. El estilo fue de “reality-show”. La retórica empleada por muchos consideró que la audiencia no era capaz de distinguir entre “cuestiones de palabras” y “cuestiones de hechos” como los llamaba Vaz Ferreira. El hecho es claro, el Vicepresidente adujo haber obtenido un título universitario que no solo no había obtenido sino que no existe. ¿Esta situación se dio involuntariamente a partir de una cadena de declaraciones confusas y de malas interpretaciones de otros? ¿Es una situación que justifique un cuestionamiento grave a la persona y a su capacidad para ejercer su cargo? Son preguntas que pueden tener distintas respuestas legítimas.

Pero algunos de los “argumentos” que escuchamos no buscaron iluminar sino oscurecer. Por ejemplo, que para ejercer el cargo de Vicepresidente no se exige título universitario. O que algunos presidentes anteriores no eran titulados universitarios. O que el único título importante en la vida pública es el de “militante” (sic). Son afirmaciones que pueden ser compartibles pero que son irrelevantes por completo. Constituyen una retórica de sofismas que causa mucho más daño social que el incidente que las genera. El mensaje a la sociedad que brinda el liderazgo que actúa de esta manera es que es legítimo utilizar el lenguaje para ofuscar y el diálogo para confundir. No son mensajes sanos para la sostenibilidad de una sociedad democrática en la cual el dominio de la lengua es uno de los problemas que preocupan. No son mensajes sanos para una sociedad que lucha para inculcar a sus jóvenes normas de comportamiento honesto y respetuoso de los demás. Valorizar la educación no es solo responsabilidad de los docentes. Cuando los líderes sustituyen los argumentos por sofismas y falacias causan daño irreparable a la cultura y a la educación que ni los docentes ni los padres pueden reparar.

Otros líderes expresaron que el involucrado debía ser condenado “porque era de los otros” o que debía ser respaldado incondicionalmente “porque es de los nuestros”. Estos argumentos constituyen un retorno al tribalismo predemocrático. ¿Dónde queda el mensaje que los ciudadanos solo se distinguen por sus talentos y virtudes? ¿Cómo podemos criticar la conducta de los “barra brava” si la discusión política al máximo nivel tiene criterios análogos?

La minimización de este caso ilustra la disonancia cognitiva que afecta a nuestro liderazgo en relación a la importancia de la educación. Por un lado, todos los líderes enfatizan la importancia de la educación. Pero por otro lado, el conocimiento es subvalorado o ignorado en la discusión política. Por eso la legislación sobre la marihuana ignoró la opinión de la Sociedad de Psiquiatría (“nos parece que este proyecto podría generar más problemas que soluciones”). Asimismo la discusión sobre la rebaja de la edad de imputabilidad penal incluyó opiniones de diversas fuentes pero no consideró a expertos como varios recientes presidentes de la Suprema Corte de Justicia (“la mística edad de 18 años…ha ido siendo dejada de lado en las democracias occidentales”.).

Más allá de las consecuencias individuales de este caso, es importante reconocer los aprendizajes que nos deja como sociedad. Liderar implica la responsabilidad de educar no solo en tolerancia e inclusión sino en rigor y honestidad intelectual. La política es pedagogía o en otras palabras, la educación prima sobre lo político.

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