Joaquín Secco García
Joaquín Secco García

Una estrategia equivocada

Muchos países han logrado recorrer un largo camino de desarrollo económico basados en sus fortalezas en la producción de alimentos y materias primas. Dedicarse a la producción de alimentos no es un túnel al subdesarrollo. Por el contrario, ha sido un camino que siguieron los países más prósperos y también los que generaron las mayores oportunidades para los sectores más vulnerables de la sociedad.

Muchos países han logrado recorrer un largo camino de desarrollo económico basados en sus fortalezas en la producción de alimentos y materias primas. Dedicarse a la producción de alimentos no es un túnel al subdesarrollo. Por el contrario, ha sido un camino que siguieron los países más prósperos y también los que generaron las mayores oportunidades para los sectores más vulnerables de la sociedad.

Durante siglos fueron imponiendo las reglas del mercado y la competitividad en sus sociedades. A partir del éxito alcanzado en el trigo, el centeno, la leche, la lana o la carne, fueron construyendo cadenas cada vez más articuladas y complejas que innovaban en maquinaria, la logística, los químicos y el comercio. De ahí al vapor, el ferrocarril, la ciencia, la industria metalúrgica y las chimeneas. También llegaron primero a la fase de la sociedad del conocimiento, de las artes y la cultura. Los países europeos, Japón y otros asiáticos apegados a sus herencias culturales, las colonias británicas, especialmente de Oceanía y Norteamérica, son ejemplos que han construido democracias prósperas respetando idiosincrasias.

Muchos otros, entre ellos nuestra sociedad, progresamos bastante en el trayecto, pero quedamos por el camino. Especialmente no fuimos constantes en imponer las reglas de la competitividad. Después de los años ‘30 fuimos optando por el populismo y el relajamiento del esfuerzo de construcción de una sociedad que elabora sus reglas de juego, controla el rigor de su aplicación y las aplica con inteligencia.

Fuimos agricultores y ganaderos, pero nuestros impulsos no fueron suficientes para construir largas y complejas cadenas de valor. Más que trabajar sobre el mejoramiento de las capacidades, se trabajó sobre la distribución. De otra manera, más que moderar las vulnerabilidades, se acentuaron las mismas. Aumentar el déficit fiscal cuando el ciclo de los precios de los productos que exportamos se derrumba, significa más impuestos, más desempleo, menores remuneraciones, más endeudamiento y mayor postergación para los sectores marginales. En estos momentos el recurso es el grado inversor, sinónimo de impuestos y endeudamiento para asegurar el crecimiento de la inversión extranjera.

La tasa de empleo rural bajó 4% y el desempleo subió de 4.8% a 7.0% entre 2014 y 2016. Pero si dispusiéramos de buenas mediciones de ingreso acerca de lo que significaba un salario de hace tres años y uno de ahora, apreciaríamos mejor las dificultades de la mitad del país cuya suerte está ligada a la producción de alimentos. Pero no es solamente el salario. También se han afectado las ganancias de las empresas. El resultado de una ha de soja de US$ 550 por ton de hace 3 años, es incomparablemente mejor que los US$ 330 de este año. Esto sin considerar el poder adquisitivo de los dólares de antes y de ahora. La lechería, el arroz, el maíz o el trigo han tenido evoluciones parecidas. En este momento bajaron los ingresos, subió la morosidad y las inversiones son menos rentables. Mala condición para enfrentar un repecho que se hace gigantesco.

Ha sido una estrategia absolutamente equivocada pretender evitar el retroceso a costa de los sectores exportadores. El resultado final es contrario al bienestar de los pobres, de la soberanía y de la sostenibilidad del crecimiento.

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